Leyendas

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LA ALGARROBA
Era en tiempos de los Incas. Los quichuas adoraban con sumo respeto y con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra.
Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir “Madre Tierra” y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, cazanumerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.
Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.
Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.
Allí se detenía el indio a orar, aencomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.
Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, Ilicta, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.
Respetuoso de la tradición y de lascostumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.
Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo paradedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.
Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.
Fue una época sin precedentes.

LEYENDA CALCHAQUÍ
EL CARDENAL
  Cuando el añil y el rojo, el amarillo y el anaranjado, tiñeron el cielo y el cerrocon los colores del crepúsculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles, las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaquí, descendían por los senderos de la montaña abrupta.
  La brisa suave del atardecer llevaba hasta el valle el perfume de la jarilla, del ucle y de la flor del aire.
  La distancia que separaba a aquelloshombres de su aldea indígena era grande aún. Tendrían que caminar toda la noche para llegar antes del amanecer.
  El sol terminó de ocultarse por completo en occidente y el cielo perdió los brillantes colores que le prestaban sus rayos.
  Comenzó a oscurecer.
  Por oriente apareció la luna iluminando con luz tenue la bóveda azul.
  Apuraban el paso los guerreros indígenas aprovechando laclaridad de la noche de luna, que les permitía marchar con seguridad por los peligrosos senderos de la montaña.
  Llegaron al bosque. El verde de los añosos chañares, de las talas espinosas, de los yuchanes de amplia copa, de los viejos algarrobos, se intensificaba al ser alcanzado por los rayos de la luna que, al filtrarse por entre el follaje, dibujaban en la tierra caprichosas figuras de plata.
 Entraron al bosque los guerreros de Pusquillo. Marcharon por estrechos senderos acompañados por el misterioso rumor de la selva, por el suave rozar de las alimañas que la pueblan, por el vuelo de algún pájaro cuyo sueño interrumpió el paso de los intrusos...
  Un deseo los animaba: llegar cuanto antes a su pueblecito del valle de donde salieran hacía ya cuatro lunas.
  Marchaban callados. Sólo seoían sus voces cuando alguno de ellos, advertido de algún peligro, daba el alerta a los demás.
  Al frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo, valiente como él y como él querido y respetado por su pueblo.
  Llegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de improviso, indicando a los demás, con un gesto, que suspendieran la marcha. Su mirada sorprendida estaba fija en una figura extraña...
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