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  • Publicado : 5 de septiembre de 2012
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Madame Zola tenía nombre narrativo. Pero no solo el apellido de su esposo evocaba planetas llenos de historias de otros, sino que incluso sus gafas de montura al aire, que ocupaban la punta de sunariz, siempre reflejaban líneas y líneas de letras negrísimas. Si te miraba por encima de ellas, las letras de las lentes eran tan hechizantes que sus ojos ambarinos pasaban desapercibidos.Madame Zola era una firme viuda. Monsieur Zola había sido un destacado comerciante de licores en Roma, todos franceses, claro. Ella le guardó todas las ausencias inimaginables durante los veinte años desoledad que comenzaron cuando “el demonio alemán” se lo robó. Tan apuesto, tan caballero, tan silencionso, tan aburrido. Pero el mal que ahoga con la demencia y la parálisis se lo llevó como acualquier otro.

Nunca había trabajado, ni tampoco tuvo la necesidad de ocuparse de la casa, porque Francesca lo aprestaba todo de maravilla. Pero tras la muerte de Lucièn, hubo de ponerse a la tarea devivir ordinariamente. La verdad es que los negocios y las cuentas nunca fueron lo suyo, así que, en un arrebato de decisión vendió a un señor de Nápoles la cartera de clientes de su marido por unprecio muy poco conveniente para poder seguir cómoda en su holgado tren de vida.

Y allí estaba, vendiendo libros en la Feltrinelli.

No quiso vestir el mismo uniforme que los empleados de lacasa, ese atavío negro con delantal que exhibía de frente un gigantesco bolsillo. Le haría parecer una ferretera. Tras innúmeras discusiones, el encargado toleró al fin el vestuario personal de MadameZola. Quizá los clientes apreciarían ese aire intelectual de señora bien de Madame, entre Miss Wallis Simpson, Simone de Beauvoir y Grace Kelly.

Siempre la habían llamado así, Madame Zola.Aunque nacida en Bolonia, todos le descubrían aquel charme francés tan seductor. Nunca se había subido a unos tacones, de modo que su esbelta estampa ascendía desde sus eternas parisinas hasta la media...
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