Libro ''tirano''

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  • Publicado : 30 de marzo de 2011
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TIRANO

Christian Cameron
Traducción de Borja Folch

Barcelona. Bogotá. Buenos Aires. Caracas. Madrid. México D.F.. Montevideo. Quito. Santiago de Chile

333 a. C.
El cielo, por encima de la polvareda, era azul. En la lejanía, al otro lado de la llanura, las montañas se alzaban teñidas de púrpura y lavanda, las más distantes coronadas de rojo por el sol poniente. Allí arriba, en eléter, todo era paz. En el cielo, a su derecha, un águila volaba perezosamente en círculo; era el mejor de los augurios. Más cerca, había aves de peor agüero. Kineas sentía que mientras mantuviera su atención en el reino de los cielos estaría a salvo del miedo. Los dioses siempre le habían hablado: despierto, mediante augurios, y dormido, en vívidos sueños. Hoy necesitaba a los dioses. El ruido y elmovimiento que había a su derecha le distrajeron, y bajó los ojos de la seguridad de los espacios vacíos hasta las riberas del río Pinaro, los llanos, el matorral, la playa, el mar... Justo enfrente de él, separados sólo por la anchura del río, aguardaban treinta mil jinetes persas; eran tantos que, en las faldas de una colina al otro lado del Pinaro, llegaban a verse las filas que cerraban laformación más allá de la nube de arena que habían levantado. Se le encogió el estómago y se le revolvieron las tripas. Se tiró un pedo y, avergonzado, torció el gesto. Niceas, su hipereta, soltó un gruñido que bien pudo ser una risa. -Cuidado, Kineas -dijo señalando a la derecha-. El jefe. Jinetes, un escuadrón de unos veinte, las clámides centelleantes con sus adornos de oro, los corceles magníficos,cabalgaban

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a medio galope cruzando la llanura hacia el linde de la playa donde la caballería aliada aguardaba su sino. Sólo uno llevaba la cabeza descubierta; sus rizos rubios eran tan brillantes como el oro de la cabeza de gorgona que sujetaba su clámide púrpura, y sobre el lomo del caballo, una piel de leopardo. Los condujo a través de la arena endurecida hasta el general del alaizquierda, Parmenio, apenas a medio estadio de allí. Parmenio sacudió la cabeza y con un ademán indicó las hordas de la caballería persa, y los rizos rubios se agitaron cuando rió. El rubio gritó algo que el viento se llevó consigo y los tesalios de la escolta de Parmenio le aclamaron y corearon su nombre: «¡Alejandro! ¡Alejandro!» Luego regresó a medio galope por la playa hasta alcanzar a lacaballería aliada, tan sólo seiscientos jinetes al frente del flanco izquierdo. Pese a todo, Kineas sonrió cuando el rubio cabalgó hacia él. A sus espaldas, los hombres de la caballería aliada comenzaron a vitorearlo: «¡Viva Alejandro! ¡Viva Alejandro!» No tenía sentido, pocos de ellos eran de ciudades con alguna razón para amar a Alejandro. Alejandro cabalgó hasta el frente derecho de la caballeríaaliada y levantó el puño. Los jinetes le aclamaron a voz en cuello. Él sonrió lleno de júbilo, encantado ante su aprobación. -¡Ahí está el Gran Rey, hombres de Grecia! ¡Y al final de este día, nosotros seremos amos de Asia y él no será nada! ¡Acordaos de Darío y de Jerjes! ¡Recordad los templos de Atenas! ¡Adelante, helenos! ¡Ha llegado la hora de la venganza! Y cabalgó con soltura, le espaldaerguida, su clámide púrpura ondeando en la brisa, cada centímetro un rey, a medio galope delante de la caballería, deteniéndose para decirle esto a uno, eso a otro. -¡Kineas! ¡Nuestro ateniense! -exclamó. Kineas saludó cruzando su pesada machaira sobre el pecho. Alejandro se detuvo sujetando su caballo con las rodillas, un caballo que era dos palmos más alto que el de Kineas y que valía cien daricos deoro. Pareció reparar en las nutridas huestes persas por primera vez.

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-Hoy tengo conmigo a pocos atenienses, Kineas. Sé digno de tu ciudad. Cuadró los hombros y avanzó sobre su montura. Mientras recorría el frente, los vítores recomenzaron: primero la caballería aliada, luego los tesalios, y después a lo largo de la llanura hasta las falanges: « ¡Alejandro!» Se detuvo otra vez para...
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