Libro 1

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Para ir de la Carpetania a la Bética, las caravanas tenían por fuerza que cruzar la Beturia; región agreste, fragosa y de fama pésima. La vieja calzada romana bajaba entre peñas oscuras y bosques, a menudo cerca de los precipicios. No había en esas montañas muchos poblados y sí abundancia, de creer a las leyendas, de diablos y hombres salvajes, descendientes de proscritos y esclavos huidos, queatacaban y devoraban a los viajeros.
Pero, a pesar de todo eso, el jeque estaba más que contento de dejar por fin a la espalda las polvorientas mesetas carpetanas, donde tanto los indígenas como los godos les eran hostiles. Contento porque, al otro lado de los pasos y despeñaderos, se abrían las tierras del Sur, donde las ciudades les habían recibido con las puertas abiertas por odio a susantiguos gobernantes. Aquellas montañas fragosas no impresionaban a alguien como el jeque, que había llevado una vida dura, siempre en campaña, y, en lo tocante a bandidos y ogros, su escolta sabría hacerles frente, si es que se atrevían a asomar la nariz, ya que la suya no era una caravana de mercaderes precisamente.
El jeque y sus hombres habían salido hacía unos días de Toledo, la capital delderrocado reino visigodo de Hispania, dando escolta a un gran carromato de ruedas macizas y un tiro de seis bueyes. El carro era cerrado e iba cubierto por cueros, y, en los descansos y pernoctas, había siempre dos árabes de guardia a su lado; porque en su interior descansaban los restos de un joven guerrero árabe, de sangre muy noble, que había muerto de fiebres cerca de Toledo. Fue su último deseo quepermitiesen descansar su cadáver en las arenas de su patria natal, Arabia, y el emir Muza ben Noseir no había sido capaz de negarse a esa petición que, aunque bastante pagana, le había sido hecha en el mismo lecho de muerte.
Unos sabios de Toledo habían embalsamado el cuerpo con especias, para que pudiera resistir el largo camino que habría de llevarle a los puertos del Sur y luego por las rutasresecas de África, Libia y Egipto, hasta recalar por último en Arabia. La guardia personal del emir había introducido el cadáver en el carromato, y éste lo había sellado con sus propias manos. También había sido él quien había designado al jefe de la escolta, y elegido a cien guerreros que protegiesen el carro y su cargamento; los bastantes para garantizar su paso por los caminos de Hispania, quenunca habían sido demasiado seguros y que en aquellos momentos, tras el colapso del estado godo, eran más que peligrosos para viajeros solitarios y grupos pequeños.
Había sido un viaje lento, fatigoso, al paso bamboleante de los bueyes, bajo el fuego del sol y envueltos en un polvo rojo que lo cubría todo y se metía por todas partes. Pastores y campesinos salían a los cerros, a una distanciaprudencial, y, apoyados en sus lanzas, contemplaban el paso de esa comitiva, extraña de verdad. El carromato avanzaba dando tumbos, entre el traqueteo de las ruedas, y los boyeros correteaban junto al tiro, con voces y agitar de aguijas. La escolta cabalgaba delante y media docena de muías con la impedimenta cerraba la comitiva, mientras algunos ojeadores iban y venían al trote, atentos a posiblesemboscadas.
Pero era la escolta, y no el carromato, la que de inmediato llamaba la atención de cuantos se cruzaban con la cabalgata. En ella se daban cita árabes de mantos sueltos, piel oscura y armamento ligero, a lomos de caballos de estampa fina. Lanceros bereberes en mulas de gran alzada. Visigodos de armaduras pesadas, sobre caballos de guerra, grandes y feroces. El espectáculo resultaba tanllamativo que la gente salía a verlos; se lo señalaban unos a otros desde los cerros y no faltaban curiosos que se acercaban al camino, tratando de enterarse de más. Los ojeadores les ahuyentaban dando voces y agitando sus jabalinas, y los visigodos, los únicos que eran capaces de entenderse con ellos, reían pero no soltaban prenda.
También el jeque, durante lo que sería la última noche de su...
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