Libro de barcos

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El Buque Fantasma
índice
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I
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XVII
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XXXII
XXXIII
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XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
FIN

I
A mediados del siglo XVII, alzábase1 una casita de agra­dable aspecto sobre la margenderecha del Scalda, casi en­frente de la isla de Walcheren, cerca de Terneuse, pequeña ciudad fortificada.
La minúscula vivienda había sido construida a estilo de la época, y se destacaba, por el color anaranjado de su fachada y el verde claro de sus ventanas, de entre el grupo de pequeños edificios que estaban en su derredor.
Un zócalo de baldosas blancas y azules, hábilmente combinadas, corría alo largo de sus paredes exteriores hasta una altura de tres pies, lo que inducía a suponer que el dueño primitivo de la finca habíase esmerado en embellecerla, tanto como el propietario actual se descui­daba en repararla, porque muchas de aquellas baldosas yacían por tierra, la pintura de la fachada empezaba a desaparecer, y la madera de las puertas y ventanas recla­maba urgentemente unareparación.
Adosado a la casita, por la parte de atrás, extendíase un pequeño jardín defendido por una espesa cerca de espinos, y circundando a éste, un ancho foso lleno de agua, que no era fácil salvar de un salto.
Daba acceso a la finca un puente de poca anchura, pro­visto de barandillas de hierro, tendido sobre el foso, frente a la puerta principal.
La casa sólo tenía, en cada uno de los dos pisos deque constaba, cuatro habitaciones, dos de las cuales estaban pro­vistas de ventanas a la fachada, mientras que las otras dos recibían la luz del jardín.
Las primeras medían, cada una, veinte pies cuadrados; las dos restantes eran más pequeñas y estaban destinadas a lavadero y depósito de trastos inútiles respectivamente.
Uno de los departamentos mayores servía de cocina; y el otro, herméticamentecerrado desde diez años atrás, era inaccesible aun para los mismos habitantes de la casa.
Esto, en cuanto al piso bajo, pues en el principal, las cuatro estancias de que se componía eran dormitorios.
Dos personas ocupaban la cocina, cuyos muebles eran escasos, pero en la que se advertía una limpieza tan es­merada, que las paredes y el suelo, entarimado, brillaban como si fueran de relucientemetal.
Una de las citadas personas era una mujer, en cuyo rostro, que en otro tiempo debió ser de extremada belleza, advertíanse los estragos de enfermedades y disgustos.
Representaba unos cuarenta años de edad; tenía la frente despejada, y sus ojos eran negros y rasgados. Su palidez la asemejaba a un cadáver, y la infeliz se encon­traba tan escuálida que parecía que las carnes se letrans­parentaban. Profundas arrugas surcaban su rostro, y sus ojos despedían un fulgor tan extraño, que sugería la con­vicción de que estaba demente.
A juzgar por su indumentaria, aquella mujer debía ser viuda, pues en aquella época las que tenían la desgracia de perder su consorte vestían de un modo especial que revelaba su estado. No debía nadar en la abundancia, pues su ropa, aunque extremadamente limpia,estaba descolori­da y deteriorada por el mucho uso.
Sentada en un sofá, que con dos sillas y una mesa de pino constituían todo el mueblaje de la estancia, en cuyas paredes veíanse colgados algunos utensilios de cocina, la pobre mujer parecía contristada. Su aspecto era el de una persona que sufre una prolongada angustia, que sólo puede extinguirse con la muerte.
Sobre la mesa de pino estabasentado un hermoso y fornido joven de unos diecinueve o veinte años. Sus fac­ciones eran bellas y atrevidas, su desarrollo extraordinario, y su mirada penetrante revelaba valor y osadía. Todo su aspecto inducía a creer que tenía un carácter resuelto y aventurero.
—No vayas al mar, Felipe1; prométemelo por Dios, hijo mío —dijo la mujer cruzando las manos con voz y gesto suplicantes.
—¿Y por qué no...
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