Libro de las sombras largas capitulo 3-4

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III Magia blanca 43
Cuando, en medio de la bruma otoñal, retornaron al campamento, Ernenek dio a los padres de Asiak una lámpara de
esteatita y éstos, a cambio de ella, le dieron a Asiak. Ernenek se sentía al fin feliz por estar en condiciones de retribuir los pequeños favores que había recibido de otros maridos. Cuando abandonaba discretamente el iglú, insinuando que tal vez al amigo Anarvikle gustaría cambiar una risita con Asiak, no lograba ocultar su orgullo: por fin era un verdadero hombre. Tampoco permitió que Siksik hiciera de aguafiestas y pasó por alto su insinuación de que hacía ya muchos años que Anarvik era incapaz no ya de hacer reír, sino tan sólo de hacer sonreír a las mujeres.
El viejo Ululik murió durante el invierno siguiente, sin ninguna causa especial. Seadormeció y se olvidó de despertarse, lo cual fue una verdadera desgracia: si los familiares hubieran previsto su muerte, lo habrían cubierto con una indumentaria fúnebre y trasladado a un refugio improvisado antes de que exhalara el último suspiro; así habrían evitado que su fantasma contaminara el iglú donde vivían. En medio de la noche, se vieron pues obligados a abandonar el iglú, a borrar las huellasque dejaban a medida que se iban alejando y a construir otros iglúes suficientemente distantes del anterior, para hallarse al abrigo de la venganza del difunto. El propio Ernenek, que no temía a ninguna persona viva, sentía un terror loco por los muertos. Un hombre, para infundirle miedo, debía primero morir, ya que los muertos tienen la pésima costumbre de tomárselas contra los vivos, por lasencilla razón
de que están muertos y procuran hacer la vida de aquéllos lo más difícil que pueden. Por ese motivo el dolor causado por la pérdida de Ululik quedó fácilmente superado por el miedo a su fantasma; para congraciarse con éste, los lamentos fúnebres fueron abundantes y sonoros. Delante del umbral de los nuevos iglúes, hombres y mujeres
vertieron la orina de sus recipientes, diciendo:“Esta es nuestra agua, bebe”, con la esperanza de que, si el fantasma de Ululik encontraba el camino de sus puertas y probaba aquella agua, se retirara de allí disgustado. Para mayor seguridad, dispusieron trampas fingidas alrededor de las viviendas, a fin de que el temor de que lo atraparan alejara al fantasma.
Cierto que no era fácil estar vivo; pero tampoco lo era estar muerto. Anarvik y Siksikpartieron, al comenzar el verano, hacia la región donde abundaba el caribú. Y desde luego lo hicieron sin despedirse; pero Pauti, la madre de Asiak, estaba enferma y era demasiado vieja para poder viajar, de modo que Ernenek y su mujer se quedaron en el lugar para cuidarla, aunque también ellos tenían grandes deseos de viajar. Se condujeron bondadosamente con la vieja, que ya no podía contar con nadiedespués de la muerte de su marido Ululik y una vez que su otra hija se hubo marchado con Kidok; le dieron de comer, aunque sus manos endurecidas ya no eran capaces de coser, y sus dientes, consumidos hasta las encías de tanto masticar pieles, no podían ya ablandar el cuero. Le reservaban los bocados más tiernos y Asiak le ponía en la boca comida ya bien masticada; así pagaba cuanto había recibidode la madre durante
la infancia: aquella era una honesta retribución. Pero como el invierno, todo aquello tenía sin embargo que llegar a un fin. Y así fue. Pauti comprendió muy bien por qué, en medio de la noche, Ernenek y Asiak la cargaron en el trineo y la condujeron a través de la gran llanura blanca del mar, resplandeciente de estrellas. Ninguno de ellos habló durante el viaje, ni siquieracuando se detuvieron, y Ernenek extendió sobre el océano una piel de caribú para que la vieja pudiera morir con toda comodidad. Luego, embarazado, Ernenek volvió al trineo con un paso bamboleante
y fingió que se ocupaba de las correas, mientras refunfuñaba consigo mismo. Asiak, para ocultar su turbación, arrojó trozos de pescado helado a los perros, a los que injurió más que de costumbre y...
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