Libro el moro capitulo 19

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CAPITULO XIX
EN LA PELEA
SUMARIO -. |Un héroe en ciernes. Cómo debe ser un jinete. Hazaña gloriosa debida a mi cobardía. Carga de caballería que se malogra. Soy botín de guerra. Noticias de la campaña. Mi nuevo amo y su familia. Soy bautizado y puesto en soga. La calma en pos de la tempestad. Algo sobre patología y terapéutica.
¡Qué cierto es aquello de que |no hay mal que por bien novenga! Enfermé de una mano, y esto me procuró un descanso de algunas semanas, descanso que pude aprovechar muy bien, pues lo pasé en un excelente potrero expropiado a un partidario de la mala causa.
Ya yo había recobrado mi vigor y parte de mis carnes, cuando se me dio un destino tal como nunca podía haberlo esperado.
Uno de los Generales tenía un hijo de unos diez y siete años, llamado Camilo, aquien se le antojó venir a segar laureles en los campos de batalla. Era un jovencito delicado, aunque fornido y de buena talla; de lindas facciones, de voz dulce y argentina, de modales suaves y, según se decía, de mucha esperanza. Era el encanto de su familia y la alegría de su casa. El General no se atrevió a oponerse a la bizarra determinación de su hijo; pero la madre y las hermanas de Camilono pudieron oír hablar de ella sin prorrumpir en sollozos no sin hacer cuanto es imaginable para apartar al objeto de su ternura de los peligros a que trataba de exponerse. Al cabo, no habiendo nada capaz de quebrantar la varonil entereza del adolescente, fue preciso ceder, y Camilo se preparó para marchar, no sin que previamente se interpusiese el valimiento de muchos de los jefes del Ejército afin de que en los campamentos, en las marchas y sobre todo en las funciones de armas, se cuidase del novel guerrero como de la joya más preciosa y más delicada.
El General conocía mis buenas partes y yo fui es cogido para el servicio de Camilo. El día que, en el patio de su casa, montó para partir, fui testigo de las caricias de que se le colmó, del amargo duelo que se hizo y de todos losextremos con que se desahogaron los pechos amantes y atribulados de la madre y de las hermanas del que iba, según ellas lo entendían, a buscar una muerte segura y desastrada.
Una preciosa niña de siete u ocho años, acariciándome con sus suaves y blancas manecitas, y hablándome con acento de infinita ternura, me recomendó que cuidase de su hermanito y que se lo trajese sano y salvo. ¿Quién habría podidoresistir a tales halagos y a aquella voz hechicera? Yo comprendía bien que, proponiéndome desempeñar fielmente el encargo que se me confiaba, tomaba sobre mí la más pesada responsabilidad; pero no obstante, hice allí en mi interior la resolución más firme de corresponder a la confianza de la angelical criatura.
Por otra parte, Camilo se ganó mi voluntad, gracias a sus atractivos, a la blanduracon que me trataba, a la solicitud con que cuidaba de mí; y, lo que fue más singular, a que en él hallé un jinete que, por venirle de abolengo las buenas disposiciones y por haberse ya ejercitado inteligentemente en la equitación, era un caballista consumado.
Un buen jinete es aquel que, mientras va cabalgando, no se olvida de que tiene que gobernar a un animal en cuyas acciones no puede dejarde tomar parte. Quien sabe montar no mira el vehículo que lo lleva con la indiferencia con que mira el suyo quien va en un coche, en un vagón o en un barco. Un hábito que fácilmente adquiere un hombre bien dispuesto, hace que éste, cuando va a caballo, tenga la mente fija en la rienda y en los movimientos de la cabalgadura, sin dejar por eso de pensar y de hablar libremente todo lo que pensaría yhablaría si estuviera arrellanado en una poltrona de su cuarto.
Estoy muy lejos de querer decir que el jinete deba no dar paz a la espuela y a la rienda: puede acaecer que en toda una larga jornada no sea necesario mover la una ni la otra; pero el jinete diestro con no hacer nada suele hacer mucho. El que no lo es y se precia de picador, hostiga inútilmente al caballo y muy a menudo lo despoja...
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