Libro el prefume

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El padre Terrier era un hombre culto. No sólo había estudiado teología, sino también
leído a los filósofos y profundizado además en la botánica y la alquimia. Confiaba en la fuerza
de su espíritu crítico, aunque nunca se habría aventurado, como hacían muchos, a poner en
tela de juicio los milagros, los oráculos y la verdad de los textos de las Sagradas Escrituras,
pese a que en rigor la razónsola no bastaba para explicarlos y a veces incluso los contradecía.
Prefería abstenerse de ahondar en semejantes problemas, que le resultaban desagradables y
sólo conseguirían sumirle en la más penosa inseguridad e inquietud cuando, precisamente para
servirse de la razón, necesitaba gozar de seguridad y sosiego. Había cosas, sin embargo,
contra las cuales luchaba a brazo partido y éstas eranlas supersticiones del pueblo llano:
brujería, cartomancia, uso de amuletos, hechizos, conjuros, ceremonias en días de luna llena y
otras prácticas. !Era muy deprimente ver el arraigo de tales creencias paganas después de un
milenio de firme establecimiento del cristianismo La mayoría de casos de las llamadas alianzas
con Satanás y posesiones del demonio también resultaban, al ser consideradosmás de cerca,
un espectáculo supersticioso. Ciertamente, Terrier no iría tan lejos como para negar la
existencia de Satanás o dudar de su poder; la resolución de semejantes problemas,
fundamentales en la teología, incumbía a esferas que estaban fuera del alcance de un simple
monje. Por otra parte, era evidente que cuando una persona ingenua como aquella nodriza
afirmaba haber descubierto aun espíritu maligno, no podía tratarse del demonio. Su misma
creencia de haberlo visto era una prueba segura de que no existía ninguna intervención
demoníaca, puesto que el diablo no sería tan tonto como para dejarse sorprender por la nodriza
Jeanne Bussie. !Y encima aquella historia de la nariz !Del primitivo órgano del olfato, el más
bajo de los sentidos !Como si el infierno oliera a azufre yel paraíso a incienso y mirra La peor
de las supersticiones, que se remontaba al pasado más remoto y pagano, cuando los hombres
aún vivían como animales, no poseían la vista aguda, no conocían los colores, pero se creían
capaces de oler la sangre y de distinguir por el olor entre amigos y enemigos, se veían a sí
mismos husmeados por gigantes caníbales, hombres lobos y Furias, y ofrecían a sushorribles
dioses holocaustos apestosos y humeantes. !Qué espanto "Ve el loco con la nariz" más que cony humeantes. !Qué espanto "Ve el loco con la nariz" más que con
los ojos y era probable que la luz del don divino de la razón tuviera que brillar mil años más
antes de que desaparecieran los últimos restos de la religión primitiva.
--!Ah, y el pobre niño !La inocente criatura Yace en lacanasta y dormita, ajeno a las
repugnantes sospechas concebidas contra él. Esa desvergonzada osa afirmar que no hueles
como deben oler los hijos de los hombres. ¿Qué te parece? ¿Qué dices a esto, eh,
chiquirrinín?
Y meciendo después con cuidado la cesta sobre sus rodillas, acarició con un dedo la cabeza
del niño, diciendo de vez en cuando "chiquirrinín" porque lo consideraba una expresión cariñosay tranquilizadora para un lactante.
--Dicen que debes oler a caramelo. !Vaya tontería ¿Verdad, chiquirrinín?
Al cabo de un rato se llevó el dedo a la nariz y olfateó, pero sólo olió ala col fermentada que
había comido al mediodía.
Vaciló un momento, miró a su alrededor por si le observaba alguien, levantó la cesta y
hundió en ella su gruesa nariz. La bajó mucho, hasta que los cabellos finosy rojizos del niño le
hicieron cosquillas en la punta, e inspiró sobre la cabeza con la esperanza de captar algún olor.
No sabía con certeza a qué debían oler las cabezas de los lactantes pero, naturalmente, no a
caramelo, esto seguro, porque el caramelo era azúcar fundido y un lactante que sólo h
tomado leche no podía oler a azúcar fundido. A leche, en cambio, sí, a leche de nodriza, pero...
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