Libro las chicas de alambre

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  • Publicado : 8 de noviembre de 2010
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LAS CHICAS DE ALAMBRE
Jordi Sierra i Fabra
La belleza puede ser la gloria o la ruina de una persona. Depende de quién la lleve, de cómo la lleve, de cómo la utilice o a quién se la regale.
I
Aquel día me dormí.
Había estado trabajando hasta tarde, terminando un artículo no demasiado brillante sobre la moratoria para la caza de ballenas y el hecho de que noruegos y japoneses se la pasaran porel forro cuando les convenía. Me caen bien las ballenas. Pero el problema es que cuando algo me afecta, pierdo la visión periodística, dejo de ser objetivo, tomo partido y entonces... acabo escribiendo panegíricos bastante densos. Ideales para los boletines informativos de Greenpeace o de Amnistía Internacional, pero no para una revista. Aunque la dueña sea tu propia madre.
Por esa misma razón,ese día, al despertar a las diez de la mañana, me quedé sin aliento. No por ser Paula Montornés la propietaria y directora de Z.I. tienes más privilegios que los demás o puedes hacer lo que te dé la gana.
Me aseé, duché y vestí en diez minutos. Ni siquiera desayuné. Dejé mi desordenado apartamento a la carrera —es tan pequeño que cualquier cosa fuera de sitio ya crea sensación de desorden y caos—y llegué a la redacción pasadas las diez y media, porque no quise saltarme ningún semáforo pese a preferir la moto por razones obvias. La primera sonrisa de la mañana me la dirigió Elsa, sentada como siempre al frente de su mesa en forma de media luna, debajo del logotipo de la revista inserto en la pared situada a sus espaldas. Nos llevábamos bien. Bueno, aunque Elsa sea la recepcionista deZ.I., lo cierto es que me llevo bien con todas las recepcionistas y telefonistas que conozco. Son la clave para acceder a sus jefes, para que te digan si están o no están, o a qué restaurante van a ir a comer o cenar. Ellas, y las secretarias. Un buen periodista debe saber eso.
—Buenos días, Jon —me deseó, antes de darme directamente la noticia—: Tu madre quiere verte ya mismo.
Me olí la bronca.Mamá es de las que aterriza en la oficina a las nueve en punto. Como un reloj.
Ella no actúa «fuera», claro. Ya no ha de tomar aviones, ni quedar con gente que vive lejos, ni...
— ¿Cuándo ha dado la orden de busca y captura?
—Hace una hora. Y la ha repetido hace veinte minutos.
Eso era mucho. Me la iba a ganar. Despedirme, no podía despedirme, pero casi.
Ni siquiera fui a mi mesa. Tampoco teníanada para dejar en ella. Mientras caminaba en dirección al Sacrosanto Templo Central de la casa, le dejé el disquete con el artículo a Mariano, el Hombre Para Todo. No tuve que decirle nada. Ya lo tenía metido en el ordenador antes de que yo diera tres pasos más.
Llamé a la puerta del despacho de mi madre y, tras abrirla, metí la cabeza, sin esperar una respuesta procedente del interior. Ahí sítengo privilegios. Una vez, al morir mi padre, ella me dijo: «Mi puerta estará siempre abierta para ti, hijo. Recuerda que soy tu madre.»
Y nunca lo he olvidado.
Estaba de pie, apoyada sobre la pantalla luminosa, examinando unas diapositivas con su buen ojo profesional. Ya sabía que era yo, porque no se movió. Me aproximé a ella. Las diapositivas eran del último Premio Nobel de Literatura en sucasa.
Desde luego, en Zonas Interiores no somos nada convencionales.
—Hola, mamá —suspiré, como si acabase de salir de un atasco de mil demonios—.
Siento...
Levantó una mano. Señal inequívoca de: «Nomecuentesrollosquemelossétodos.»
Me cortó en seco.
De todas formas, me di cuenta de que no estaba enfadada, sólo ansiosa.
Y cuando mi madre se pone ansiosa, es por algo de trabajo. Y si me afectaa mí, es que voy a tenerlo, y en serio. Muy en serio.
— ¿Te gusta ésta?
El Premio Nobel de Literatura estaba sentado en una butaca, con una cara de úlcera sangrante total. Me pregunté por qué no se lo daban a gente más simpática. Y también por qué no estaban ellos más contentos después del Nobel. Aunque aquel hombre, los millones, ya no iba a poder gastárselos, seguro. Así que a lo mejor...
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