Libro patagonia express

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  • Publicado : 16 de noviembre de 2010
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Patagonia Express

Luis Sepúlveda

1.ª edición en colección Andanzas: noviembre 1995
9.ª edición en colección Andanzas: noviembre 1999
1.ª edición en Fábula: enero 2001

© Luis Sepúlveda, 1995
por acuerdo con Dr. R. G. Mertin, Agencia Literaria, BH, Alemania

Diseño de la colección: Pierluigi Cerri

Reservados todos los derechos de esta edición para
Tusquets Editores, S. A. – CesareCantù, 8 – 08023 Barcelona

ISBN: 84-8310-724-4
Depósito legal: B. 49.592-2000

Fotocomposición: Foinsa – Passatge Gaiolà, 13-15 – 08013 Barcelona

Impresión y encuadernación: GRAFOS, S. A. Arte sobre papel
Sector C, Calle D, n.º 36, Zona Franca – 08040 Barcelona
Impreso en España

Índice

Apuntes sobre estos apuntes 4

Primera parte
Apuntes de un viaje a ninguna parte 6Segunda parte
Apuntes de un viaje de ida 19

Tercera parte
Apuntes de un viaje de regreso 39

Parte Final
Apunte de llegada 79

Apuntes sobre estos apuntes

En la casa mexicana de Mari Carmen y Paco Ignacio Taibo I hay una mesa enorme y en torno a ella se reúnen veinticuatro comensales. Allí escuché una vez cierta frase que sirve de título a un libro de Taibo I: «Para parar las aguas delolvido». Cuando más tarde leí la obra, por una parte creció mi cariño y admiración por el escritor asturiano y, por otra, aprendí que es imposible evitar la despedida de ciertos textos, por más que uno los quiera y vea en ellos una parte fundamental de su intimidad.
Ahora me despido de estos apuntes, compañeros de un largo camino, que siempre estuvieron conmigo para recordarme mi casi ningúnderecho a sentirme solo, deprimido, o con la bandera a media asta.
Fueron escritos en diferentes lugares y situaciones. Nunca supe cómo llamarles y todavía no lo sé.
Alguna vez, alguien me dijo que con seguridad debía de tener muchos textos del cajón, y como la aseveración me sorprendió le pedí que se explicara.
—Textos del cajón: esas anotaciones que se hacen sin saber por qué nipara qué —detalló.
No. No son textos del cajón porque ello supondría la existencia de un cajón que, normalmente, forma parte de un escritorio, y yo no tengo escritorio. Ni tengo ni quiero tener, pues escribo sobre un grueso tablón heredado de un viejo panadero hamburgueño.
Cierta tarde de skatt, un juego de naipes muy del norte de Alemania, el viejo panadero anunció a sus compañeros departida que la artritis lo obligaba a tirar la toalla y a cerrar la panadería.
—¿Y qué vas a hacer ahora, viejo roñoso? —le preguntó uno de los amables jugadores.
—Considerando que ninguno de mis hijos quiere seguir en la profesión y que mis máquinas han sido declaradas obsoletas, pues mandarlo todo al infierno y obsequiar lo que todavía emane cariño —respondió el viejo Jan Keller, y acontinuación nos invitó a una gran juerga en la panadería.
Ahí recibí el grueso tablón sobre el que amasó pan durante cincuenta años, y sobre él amaso mis historias. Amo este tablón que huele a levadura, a sésamo, a jengibre, al más noble de los oficios. Así que un escritorio, ¿para qué diablos iba yo a querer un escritorio?
Estos apuntes que no sé cómo llamar permanecieron en los rinconesde alguna estantería, se cubrieron de polvo y, a veces, buscando antiguas fotos o documentos, volví a toparme con ellos, y confieso que los leí con una mezcla de ternura y orgullo, porque esas páginas garrapateadas o pésimamente mecanografiadas encerraban un intento de comprensión de dos temas capitales muy bien definidos por Julio Cortázar: la comprensión del sentido de la condición de hombre, yla comprensión del sentido de la condición de artista.
Es cierto que en ellos hay mucho de experiencia personal, pero nadie debe ver en eso una suerte de conjura contra el mal de Alzheimer, pues no está en mis planes escribir un libro de memorias.
Me despido entonces de estos apuntes, que en algunos casos abandonaron sus escondites para ser publicados en antologías, revistas y,...
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