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Caída libre

Melanie Rose

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Caída libre

Melanie Rose
Traducción de Javier Guerrero

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B arcelona Bogotá B uenos Aires Caracas M adrid México D.F. M ontevideo Q uito Santiago de Chile

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Mi agradecimiento a los siguientes sitios web a los que recurrí durante mi investigación para escribir este libro: Sobre el número 52: www.wisdomportal.com/Numbers/ 52.htmlSobre los distintos tipos de hierba que se encuentran en las praderas del Reino Unido www.farm-direct.co.uk/farming/stockcrop/grass/ grassdet.html Cancer Help UK: www.cancerhelp.org.uk Este libro es para mi inteligente, elegante, artística y muy querida mamá, que me enseñó a ponerme en la piel de otros y a ver las cosas desde su perspectiva. Te echo de menos todos los días.

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1Abril de 2002
Me latía la sangre en las sienes y pensé que iba a marearme en cualquier momento. Notaba el paracaídas sorprendentemente pesado en mi espalda al cruzar detrás de Ingrid las puertas del hangar y encontrarme con un radiante día de primavera. Ingrid, que no había parado de bromear y contar chistes durante la sesión de entrenamiento de seis horas, se había sumido en un silencio alarmantecuando seguíamos al instructor de salto hacia la avioneta que nos aguardaba en la pista de hierba. —Quizá deberíamos haber esperado que más gente del grupo pudiera hacerlo. —Tragué saliva con nerviosismo, deseando estar en cualquier otro momento y lugar—. Se apuntó toda la oficina y ahora sólo estamos cuatro. Uno de los dichos favoritos de mi madre destelló en mi mente: «Ten cuidado con lo quedeseas, porque a veces el cosmos te escucha.» Desterré la idea, no sin cierto temblor de inquietud, y miré por encima del hombro, frenando el paso para dejar que nos diera alcance Graham, el gerente de cara colorada y un tanto rechoncho. Me pregunté por un momento si habría mentido en su «declaración de aptitud física». Si no era así, rozaría el
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límite de 95 kilos para hacer un salto enparacaídas de apertura automática en solitario. Siguiendo la estela de Graham iba el desmañado Kevin, la última incorporación a nuestro grupo y también el más joven. La compañía de seguros Wayfarers lo había contratado hacía sólo unas semanas como técnico de soporte en tecnología de la información y había mostrado muchas ganas de apuntarse en lo que el jefe había anunciado como un «salto en paracaídaspara recaudar fondos con fines benéficos y cohesionar el grupo». Al verle la cara tan pálida me pregunté si se estaba replanteando su decisión. Kevin parecía tan aprensivo como yo, sin lugar a dudas, pero antes de poder compadecerme de él me di cuenta de que tenía la mirada clavada en la rubísima melena de Ingrid. Mi mejor amiga, fiel a su estilo más genuino, estaba pegada al instructor y, cuando sevolvió y se atusó el cabello sedoso, detecté un brillo de interés en sus pupilas azules. —Está nerviosa, nada más. —Logré esbozar un amago de sonrisa cuando Kevin bajó los ojos al suelo como si fuera incapaz de observar un momento más el flirteo de la compañera de oficina de la que estaba enamorado. —Sí, claro —murmuró entre dientes. Matt, nuestro instructor y monitor de salto, estaba ayudando aIngrid a subir al avión. Cuando mi amiga desapareció en el interior del pequeño fuselaje blanco, él volvió sus ojos grises hacia mí y me tendió la mano. Se me aceleró el pulso un poco más cuando puse mi mano en la suya. Me recordaba ligeramente al futbolista francés David Ginola, pero más joven, entre los veinte y los veinticinco años, más o menos mi edad. Había sido amable pero sumamenteprofesional al ponernos a prueba durante toda la mañana. Me apretó la mano con suavidad. —No pongas esa cara, Michaela, no te pasará nada. La primera vez da miedo, pero te prometo que te encantará. «Sí, claro», pensé otra vez, pero al mirarlo a los ojos descubrí que le creía. —Sólo recuerda el vídeo didáctico y tu técnica de rodar al
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aterrizar. Y haz todo lo que te diga cuando te lo diga....
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