Literatura

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El Cuento De Omar Y Dilaram
Wilhelm Raabe



—Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!
—¡Bravo! —gritó el científico—. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favorningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!
—Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! —dijo Lida—. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...
—Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente —dijo al momento Hagen—. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la granciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. Era entonces una hermosa noche de verano. La luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul oscuro dela noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos queleía surgía un mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantesmonstruos. Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a lavez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres delpasado. El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.
—Alá, Alá —exclamó—. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante.Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.
Un fuego salvaje reflejábase en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.
—¡Ah! —dijo, con voz sorda—. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas yexclamó: "Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante".
—Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! —dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.
Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:
—¡Ah! Pero él pudo continuar —exclamó el joven lector—. ¿Acaso los jinetes...
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