Literatura

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Las buenas conciencias1 (1959) sigue siendo un inesperado anacronismo en el conjunto de narrativas ficcionales de Carlos Fuentes,
Fuentes buscó conferir a Las buenas conciencias la misma dimensión social que se forja en la profunda relación de los personajes con su tiempo. También la minucia en la presentación ambiental contribuye para la manifestación de la personalidad espiritual de loscaracteres, que adquieren “individualidad concreta a través de un gesto, de una pasión, de un vicio o de un dolor.” (Torrente Ballester, p. 83)
Fuentes buscó imprimir en Las buenas conciencias este mismo tono irónico cuando, siguiendo el ejemplo del escritor realista, satiriza el determinismo que parece condicionar la vida de la gran mayoría de sus personajes, casi siempre nacidos en fechas no muygloriosas para la historia nacional.
En Las buenas conciencias, la pequeña ciudad de antaño aparece, en verdad, como que salida de las páginas del realista José María Pereda o del modernista Jacinto Benavente, cuyas obras retratan la cristalización de la vida provinciana, “donde lo inalterable y lo inmóvil se han convertido en lo bueno” y donde inmediatamente “se juzga malo todo lo que vive, lo quese mueve no porque viva o se mueva, sino porque amenaza conmover y destruir las formas de vida respetadas.” (Torrente Ballester, p. 86)
Para poder expresar en Las buenas conciencias la confrontación entre la formación de una identidad individual y la acción unificadora y alienante de los valores católico-burgueses, Fuentes nos presenta a un Jaime Ceballos en plena adolescencia, dividido entre laobediencia y la rebeldía al enterarse de la existencia de otra realidad, que se le revela en el desconcertador descubrimiento del propio cuerpo y de la sexualidad. En esa especie de fase fálica, como sin duda la denominaría Freud7, el joven comienza a interrogarse acerca de la legitimidad de los valores que le había impuesto la autoridad patriarcal del tío, para quien, según su concepciónmaniqueísta del mundo, buenos eran todos aquellos que pensaban como él. Con Barcácel, Jaime aprende desde luego que debe venerar la tradición y el buen nombre de los Ceballos, “paradigma de caballeros... de gente decente”, y que “la familia y la religión son los tesoros del hombre” (LBC, p. 41). Pero también muy temprano percibe la hipocresía que, en la práctica, anula la intención edificante de esospreceptos morales. Pasa a odiar este apellido, en cuya raíz cebar parece identificar el destino que le han reservado. los trece años enfrenta su primer crisis de identidad, que se manifiesta de forma sugestiva durante los tres días de la Semana Santa. En el viernes de la Pasión, entre las festividades que animan la Procesión del Señor, representación clásica de la reconciliación de las partes y del todo(Bossy, 1990, p. 91), Jaime ve y siente algo distinto al contemplar la imagen del gran Cristo Negro mexicano -“el cuerpo sangrante, los ojos de metal ciego, el greñero de espinas [...] el Cristo lo miraba a él” (LBC, p. 52)-8 que le hace sentirse, por primera vez, como el verdadero protagonista de la historia de su propia vida. El realismo del Cristo Negro intensifica su creencia en el efectivocarácter ritual y, por lo tanto, regenerador del sacrificio que esa imagen representa, tan contrario a la monótona y ya mecánica repetición de los ritos cuaresmales y cotidianos tradicionalmente cumplidos, con imperturbable rigidez, por la familia Ceballos. Durante la frugal cena de aquella noche, se dibuja ante sus ojos la primera manifestación simbólica de una serie de motivos recurrentes, loscuales, de ahí en adelante, indicarán el progresivo cambio de sus actitudes respecto a la realidad que le cerca: en el centro de la luminaria del comedor piensa vislumbrar el cuerpo dilacerado del Cristo Negro y, por primera vez, sueña con una muerte de terror en la cual la sensación de seguridad y confort es bruscamente suprimida con la irrupción de una figura ajena9: “Era un muerto con dolor y...
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