Loco x marry

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  • Publicado : 20 de junio de 2011
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placas
pardas trasluciendo. También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la
tierra espesa de la cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de
su transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color. Mirando
de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos italianos, la cara del
porteño orillero sinmezcla negra ni provinciana, y me acordé de repente de Celina más
próxima a los monstruos, mucho más cerca de ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la
había elegido para complacer a la parte achinada de su clientela, los pocos que entonces se
animaban a su cabaré. Nunca había estado en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero
después bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajabaantes que Mauro la
sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas pero blancas.
—Me dan ganas de bailarme un tango —dijo Mauro quejoso. Ya estaba un poco
bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba en Celina, tan en su casa aquí, justamente
aquí donde Mauro no la había traído nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos
cerrados del público al saludar desde el palco, yo la había oídocantar en el Novelty cuando
Julio Cortazar _ Bestiario
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se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz para los tangos.
Mejor todavía, porque su estilo era canalla, necesitado de una voz un poco ronca y sucia
para esas letras llenas de diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me
di cuenta cómo el Santa Fe era Celina, la presencia casiinsoportable de Celina.
Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y él la sacaba de la
mugre de Kasidis, la promiscuidad y los vasitos de agua azucarada entre los primeros
rodillazos y el aliento pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que
trabajar en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas y en
la boca, estaba armadapara el tango, nacida de arriba abajo para la farra. Por eso era
necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había visto transfigurarse al entrar, con las
primeras bocanadas de aire caliente y fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa Fe,
medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años de cocina y mate
dulce en el patio. Había renunciado a su cielo demilonga, a su caliente vocación de anís y
valses criollos. Como condenándose a sabiendas, por Mauro y la vida de Mauro, forzando
apenas su mundo para que él la sacara a veces a una fiesta.
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras, de talle fino
como pocas y nada fea. Me hizo reír su instintiva pero a la vez meditada selección, la
sirvientita era la menos igual a losmonstruos; entonces me volvió la idea de que Celina
había sido en cierto modo un monstruo como ellos, sólo que afuera y de día no se notaba
como aquí. Me pregunté si Mauro lo habría advertido, temí un poco su reproche por traerlo
a un sitio donde el recuerdo crecía de cada cosa como pelos en un brazo.
Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que parecía súbitamente
entontecida ycomo boqueando fuera de su tango.
—Le presento a un amigo.
Nos dijimos los «encantados» porteños y ahí nomás le dimos de beber. Me alegraba
verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié unas frases con la mujer que se llamaba
Emma, un nombre que no les va bien a las flacas. Mauro parecía bastante embalado y
hablaba de orquestas con la frase breve y sentenciosa que le admiro. Emma se ibaen
nombres de cantores, en recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano
anunció un tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los monstruos, los tapes sobre todo
que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse del todo,
cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones me miró de golpe,
tenso y rígido, como acordándose. Yo...
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