Los caminos de la vida

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  • Publicado : 16 de enero de 2011
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Los caminos de la felicidad
Capitulo 1:
Sonó el timbre que anunciaba el inicio del recreo. Los alumnos comenzaron a cerrar sus carpetas y a guardar los bolígrafos en los estuches. La profesora preguntó si habían tenido tiempo para terminar la redacción y la mayoría respondió no, que ya se la entregarían en la próxima clase.

Carlos cogió con las dos manos el folio escrito a lápiz plagado detachaduras y dibujos, se fijó en Julia una vez más sin que ella se diera cuenta y comenzó a leerlo en silencio.

Julia está cada día más buena.
Tiene un cuerpo perfecto (vista en bañador).
Es morena, ni alta ni baja.
Lleva el pelo corto como un chico,
pero con un toque bastante femenino.
Sus ojos son grandes y oscuros.
Algunas veces tuerce un poco la boca y se muerde el labio;
es un gestoestudiado.
Luego tenemos su voz: es agradable;
fuerte y dulce al mismo tiempo.
Pero lo mejor de Julia es su personalidad.
Ya no es ninguna niña. Se enrolla bien.
Puedes hablar con ella de cualquier cosa.
Lo malo es que se lo tiene un poco creído...

Isabel, la profesora, se había acercado hasta la mesa de Carlos con algunos ejercicios de otros compañeros en la mano.

-¿Me lo das?-preguntó amistosamente.

-No, éste no -respondió él con gesto simpático.

Isabel disfrutaba leyendo los trabajos de Carlos. Eran diferentes a los de los otros alumnos. Cuando los corregía, escribía al lado de la calificación coletillas como “tiene vida”, “muy original”, e incluso “extraordinario”, “sensacional” o “me ha emocionado”.

-Venga hombre, déjame que le eche un vistazo.

-Que no, queno -negó esta vez más serio-. Que me ha salido un churro. Mañana le traigo un buen retrato de... del Canibal, si le parece bien.

El titular de semejante apodo no era otro que el director del centro.

-No, a don Mateo déjamelo tranquilo. Si quieres, intenta retratarme a mí.

A Carlos le sorprendió semejante propuesta. Pero no tardó en reaccionar.

-Vale, eso está hecho.

-Y ya de paso mequitas alguna arruga y estas canas que me salen aquí arriba.

-No hay problema; váyase tranquila que la voy a dejar todo lo guapa que es usted.

La profesora volvió a sonreír. Dio al chico una palmadita en la espalda, cerró su cartera y se despidió hasta el día siguiente.

En el aula sólo quedaron Carlos, Julia; sus amigas Cristina, Tere y Gema; y un par de jóvenes más.

Carlos se levantó.Abrió una de las ventanas y asomó al exterior buena parte del cuerpo de la cintura para arriba, agarrándose bien a los laterales.

El tibio sol de aquella mañana de mayo proporcionaba a su alborotada cabellera de color castaño y a sus ojos marrones un tono dorado.

Echándose hacia atrás con suavidad respiró el olor de la hierba recién segada, escuchó el trino de dos gorriones que jugueteabanen el saledizo del tejado, sintió la caricia del sol en sus mejillas y, al mirar otra vez hacia adelante, divisó las hojas verdes en los chopos del cauce del río.

“Ya es primavera”, pensó, e inmediatamente brotaron de su memoria aquellas palabras que le gustaba repetir cuando era más pequeño: “la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido”.

Después, acudieron a su mente imágenes dejardines y céspedes plagados de margaritas; del vuelo indeciso de abejas y mariposas; de paseos por el campo en busca de nidos o plantas para elaborar un herbario; de atardeceres más largos...

“¿Cómo será esta primavera?...”, se preguntó luego.

Alguien se le acercó sigilosamente por la espalda.

-¡Salta, conejo!

Era Pedro, con su sobre camisa vaquera al hombro.

-¡Tío, me has asustado!¿Oye, vaya horas de venir, no?

-Calla y mira esto -respondió el muchacho, y extrajo algo de uno de sus bolsillos.

Era una caja metálica del tamaño de un monedero. La abrió con cuidado y en su interior aparecieron, ordenados en diferentes compartimentos, unos cuantos anzuelos adornados con hilos y plumillas de colores.

-¡Ya están hechas! -exclamó Carlos.

-Media docena de tricópteros y...
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