Los hombres (aveses por desgracia)siempre vuelven

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PRÓLOGO

La primera vez que vi a Penélope Parker estaba sentada sobre un taburete en un mercadillo de Shanghái. Rodeada de una nube de vendedores chinos, regateaba animadamente sobre el precio de un par de qipaos de seda. Nos presentamos en seguida, dos mujeres occidentales prácticamente de la misma edad. Más tarde supe que estaba en China recopilando información para un libro, elmismo que ahora tengo la satisfacción de presentar.

Poco después de ese primer encuentro me tropecé con ella en París. Todavía recuerdo el enorme esfuerzo de cortesía que tuve que hacer para aceptar su invitación de visitarla a su hotel. Mi marido acababa de abandonarme tras seis años de matrimonio y aunque acudí a la cita decidida a no hablar de ello, aquella noche terminé confesándome con ella.Le hablé de mi frustración por no haber tenido el valor de decirle a mi marido todo lo que pensaba de él. Le dije también que seguía queriéndole y que no sabía cómo podría volver a ser feliz. “No te preocupes —me dijo mientras revolvía un Martini con una rama de eneldo— estoy segura de que volverás a verlo. Volverá a ti aunque no quieras; lo hará aunque para entonces ya no te importe. Créeme,Claire, los hombres —a veces, por desgracia— siempre vuelven.”

En aquel momento sonreí, pedí otro Martini y, por supuesto, no la creí.

Meses después de aquella conversación me vi obligada a viajar unas semanas a Brasil. Al marcharme dejé grabado en el contestador del teléfono de mi casa un mensaje con la dirección de mi hotel en Rio de Janeiro, aunque mi familia y mis amigos sabían perfectamentedonde localizarme. Ahora que todo ha pasado no me importa reconocer porque lo hice. Sabía que mi estancia en Brasil coincidiría con mi cumpleaños, el número 33, el primero sin mi marido a mi lado; y por algún motivo, en aquel instante, recordé las palabras de Penélope. No sabría explicar porque, pero de pronto tuve claro que si había un momento para que él reapareciese, ese momento era aquél.Por esa razón, cuando en la madrugada de mi cumpleaños regresé al hotel y vi una luz roja parpadear en el teléfono pensé que estaba soñando. Sentada sobre la cama, a miles de kilómetros de casa, tuve por fin la confirmación de lo que había escuchado en París. Tras once meses de silencio allí estaba él, desesperado, explicándome desde el contestador cuánto me echaba de menos y cuánto deseaba volvera verme. Cuando el mensaje terminó colgué el teléfono, llamé al servicio de habitaciones y encargué una botella de champagne helado. Después, me eché sobre la cama, levanté el auricular y llamé a Penélope Parker.

Claire Vassè
Praga, 15 de enero de 2005

INTRODUCCIÓN

Examinadlo todo y quedaos con lo bueno

Pablo de Tarso, Tes: 5, 21

Cierto día de abril, mientras desayunaba condesgana una ensalada de frutas en mi suite del hotel Negresco en Niza, hice uno de los descubrimientos más importantes de mi vida. Aquella mañana, tras repasar mentalmente las rupturas sentimentales que había experimentado hasta entonces y enfrentarme a la aterradora idea de que debía sumar una más a todas ellas, caí en la cuenta de que nadie, absolutamente nadie, podría decirme lo que en aquellascircunstancias necesitaba oír.

Al principio me resistí a la evidencia y, como en ocasiones anteriores, recorrí las librerías de medio mundo en busca de respuestas. Fue un esfuerzo inútil. Al igual que otras muchas personas en mi situación, terminé descubriendo que todos aquellos volúmenes seguían un mismo patrón. Obra tras obra y capítulo tras capítulo, psicólogos y terapeutas de todas las escuelasy nacionalidades hablaban de la mejor forma de superar una ruptura sin apenas variar una línea. Primero describían la fase del duelo; después, la aceptación del dolor y finalmente el temible momento de dejarlo atrás.

El problema era que ninguno de aquellos sabios parecía ser consciente de un detalle fundamental. Yo, sencillamente, no quería dejarlo atrás. Por alguna extraña razón, lo que yo...
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