Los muertos

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  • Publicado : 10 de febrero de 2011
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Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, de-trás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo, cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un ali-vio no tener que atender también alas invitadas. Pero Miss Kate y Miss Julia habían pensado en eso y convirtieron el baño de arriba en un cuarto de señoras. Allá estaban Miss Kate y Miss Julia, riéndose y chismeando y ajetreándose una tras la otra hasta el rellano de la escalera, para mirar abajo y preguntar a Lily quién acababa de entrar.
El baile anual de las Morkan era siempre la gran ocasión. Venían todos los conocidos, losmiembros de la familia, los viejos amigos de la familia, los integrantes del coro de Julia, cualquier alumna de Kate que fuera lo bastante mayorcita y hasta alumnas de Mary Jane también. Nunca queda-ba mal. Por años y años y tan atrás como se tenía memoria había resulta-do una ocasión lucida; desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a MaryJane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr. Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, enton-ces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road. Había pasado por la Academia y daba suconcierto anual de alumnas en el salón de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Muchas de sus alumnas pertenecían a las mejores familias de la ruta de Kingstown y Dalkey. Sus tías, aunque viejas, contri-buían con lo suyo. Julia, a pesar de sus canas, todavía era la primera so-prano de Adán y Eva, la iglesia, y Kate, muy delicada para salir afuera, da-ba lecciones de música a principiantes en elviejo piano vertical del fondo. Lily, la hija del encargado, les hacía la limpieza. Aunque llevaban una vida modesta, les gustaba comer bien; lo mejor de lo mejor: costillas de riñona-da, té de a tres chelines y stout embotellado del bueno. Pero Lily nunca hacía un mandado mal, por lo que se llevaba muy bien con las señoritas. Eran quisquillosas, eso es todo. Lo único que no soportaban era que lescontestaran.
Claro que tenían razón para dar tanta lata en una noche así, pues eran más de las diez y ni señas de Gabriel y su esposa. Además, que tenía muchísimo miedo de que Freddy Malins se les apareciera tomado. Por na-da del mundo querían que las alumnas de Mary Jane lo vieran en ese es-tado; y cuando estaba así era muy difícil de manejar, a veces. Freddy Ma-lins llegaba siempre tarde, perose preguntaban por qué se demoraría Ga-briel: y era eso lo que las hacía asomarse a la escalera para preguntarle a Lily si Gabriel y Freddy habían llegado.
—Ah, Mr. Conroy —le dijo Lily a Gabriel cuando le abrió la puerta—, Miss Kate y Miss Julia creían que usted va no venía. Buenas noches, Mrs. Conroy.
—Me apuesto a que creían eso —dijo Gabriel—, pero es que se olvida-ron que acá mi mujer setoma tres horas mortales para vestirse.
Se paró sobre el felpudo a limpiarse la nieve de las galochas, mientras Lily conducía a la mujer al pie de la escalera y gritaba:
—Miss Kate, aquí está Mrs. Conroy.
Kate y Julia bajaron en seguida la oscura escalera dando tumbos. Las dos besaron a la esposa de Gabriel, le dijeron que debía estar aterida en vida y le preguntaron si Gabriel había venido conella.
—Aquí estoy, tía Kate, ¡sin un rasguño! Suban ustedes, que yo las al-canzo —gritó Gabriel desde la oscuridad.
Siguió limpiándose los pies con vigor mientras las tres mujeres subían las escaleras, riendo, hacia el cuarto de vestir. Una leve franja de nieve reposaba sobre los hombros del abrigo, como una esclavina, y como una pezuña sobre el empeine de las galochas; y al deslizar los botones...
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