Los sabios de la tunica color ciruela

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LOS SABIOS DE LA TUNICA COLOR CIRUELA
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En aquellos tiempos vivía en China un grupo de monjes conocidos con el nombre de Sabios de la Túnica color Ciruela. Convertirse en un Sabio de la Túnica color Ciruela exigía una gran disciplina. Para los aspirantes el camino era difícil y duro, los días ingratos y las noches largas.
El monasterio de los Sabios de la Túnica color Ciruela estaba enlas montañas, al noroeste de Lo-Yang, la capital de entonces, muchos siglos antes de nuestra Era.
Los sabios, que eran treinta y tres, el mismo número de las energías de la Tierra, caminaban recorriendo China desde un solsticio de invierno hasta el siguiente. Dondequiera que se detuviesen al azar de su camino se les acogía con respeto y alegría; la llegada de un sabio representaba buena suertepara un pueblo. Todos los habitantes interrumpían sus actividades para reunirse a su alrededor en el pozo central.
El sabio tomaba asiento en el brocal del pozo y, según las circunstancias, impartía enseñanza o hacía que le contasen las dificultades del momento. Si alguien decía: «El año ha sido duro, la cosecha de arroz mala», el sabio no respondía nada, pero su modo de escuchar era de tal calidadque aportaba esperanza y consuelo.
Uno de esos sabios recorría hacía años el país. Un día se detuvo en el pueblo de Ling Ding. Después de algunas preguntas relativas al emperador, al tifón que había asolado las costas, al hambre del Sur, alguien le preguntó: «¿Qué significa este pueblo? ¿Por qué estamos aquí y no en otro sitio?»
El sabio paseó la mirada lentamente sobre los reunidos y dijo:«Aunque no lo sepa, cada individuo se encuentra limitado por el nacimiento, por la educación o por su propia satisfacción. Cada uno de vosotros está limitado de una forma u otra». Sorprendida, la gente intercambiaba miradas entre sí. Incluso se oyeron algunos murmullos. Finalmente, un hombre se adelantó hacia el sabio y afirmó: «Yo no me considero limitado. Tengo todo lo que quiero».
Entonces elsabio sonrió. «La limitación se encuentra a veces incluso en el hecho de no sentirse limitado».
Entre la gente del pueblo había un joven que se llamaba Chao Mu. Tenía veintidós años y nunca había abandonado el lugar de su nacimiento. Desde la más tierna infancia ayudaba a su padre a cultivar arroz. Le habían prometido a los seis años y, para crear una familia, igual como su padre y su abuelo antesque él, había roturado un campo, piedra tras piedra, lo había regado y sembrado. También había construido una casa durante los días de lluvia en que no podía salir a trabajar. La fecha de su boda se acercaba.
Ver al sabio despertaba en él nostalgia y le invadía una sensación de profunda soledad. Hacía un tiempo que numerosas preguntas se planteaban en su ánimo, pero las guardaba para sí: «¿Noexiste más que esta vida?... Esta vida que dedico a plantar y cosechar, y luego volver a casa a dormir hasta la mañana siguiente y volver a empezar...»
Por fin encontraba a uno de esos seres que son capaces de aliviar el sufrimiento, de ayudar a un hombre a superar sus problemas.
Por fin encontraba a un ser que podría responder a sus preguntas.
Como el sabio ya se disponía a partir, no se contuvo yle preguntó:
-¿Puedo acompañarte? Quisiera que me enseñases la vida.
A su alrededor, los campesinos callaron, y cada uno de ellos se preguntaba: «¿Qué ocurrirá con su prometida, con su campo, con su casa? Ha trabajado tanto y tan duramente con sus propias manos...»
El sabio, que adivinaba sin dificultad todos esos pensamientos, le preguntó:
-¿Estás seguro de ti mismo?
-Sí -respondió el joven.-Entonces, vamos.
Con estas palabras, los dos se pusieron en camino. Chao Mu sólo se volvió una vez para decir:
-La casa y el campo pertenecen ahora a la que fue mi prometida.
El sabio y el joven caminaron durante un buen rato en silencio. Al pasar bajo un membrillo, el sabio tomó un fruto, encendió fuego para cocerlo y se lo tendió a su compañero.
-No me gustan los membrillos -declaró...
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