Los santos reyes

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  • Publicado : 21 de noviembre de 2010
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Mi tío me trajo de regalo un lugar sagrado, un espacio portátil en el que sólo cabía una persona. Me dijo que desde él se podía hablar con Dios. A cada quien de la familia le trajo algo diferente de los lugares donde anduvo.

Estaban a punto de terminar las posadas cuando mi tío llegó de su largo viaje -que había durado más de tres años- a tiempo para pasar las fiestas de Navidad y Reyes. Casitoda la gente del pueblo vino a saludarlo, chicos y grandes. Pero no juntos, primero unos y luego otros. La casa se llenó de alegría, de abrazos, palabras de bienvenida y risas a lo largo de esos días.

Se pasó dos semanas enteras en la casa, que es la de los abuelos, contándonos lo de su estancia en Roma y después de sus viajes por Tierra Santa y sus alrededores. Habían venido mis otros tíoscon sus esposas y mis primos y primas. Era un mundo de gente adentro de la casa. Decían que íbamos a pasar la Navidad y el año nuevo todos juntos, por primera vez en muchos años. Había como una feria en la casa, una fiesta que duraba y duraba y que no se le veía el fin ni nos cansaba. Todos los cuartos estaban llenos, ocupadas las camas. Todos dormían en hilera en el suelo de la troje -los quevinieron de Los Ángeles- en costales de dormir. La abuela consiguió dos mujeres para la cocina, que apenas se daban abasto para los desayunos y las comidas, cocinando y lavando platos.

Él estaba más flaco y más alto, huesudo y descolorido, como que no terminaba de crecer. Su vestimenta era toda negra, con su cuello blanco. Me acuerdo que esos días se nos iban como suspiro, que después de desayunar ode comer, nadie se paraba y se iba, pues nos quedamos las horas sentados alrededor de la mesa escuchándolo, bien atentos y con la boca abierta como si no tuviéramos nada más qué hacer, solo escuchar las maravillas que nos hacía ver tan sólo con sus palabras. Nos enseñaba muchas partes del mundo que no conocíamos, que habían permanecido ocultas hasta esos momentos, mientras los grandes tomabancafé y fumaban; y nosotros saboreábamos ponches, refrescos y nieves. Hablaba diferente, como que los lugares donde había estado le habían cambiado la voz; y no nada más la voz, si no todo él por dentro. Uno de mis primos le preguntó si no había sacado fotos. Él lo miró por un momento como si no hubiera entendido o como si le estuviera haciendo la pregunta más tonta del mundo.

Él no se reía acarcajadas como los demás, sino que sonreía y miraba a las cosas y a las gentes serenamente, como si no le corriera ninguna prisa. O como si estuviera todavía muy cansado por el largo viaje, y no terminaran de pasar los lugares y sus habitantes por su mente. Dejaba sus largas manos sobre el mantel, casi olvidadas, una sobre la otra; de vez en cuando levantaba una y se rascaba el mentón o se tocaba lapunta de la nariz.

Mi abuela no se llenaba de verlo, y suspiraba; se le hacía imposible que fuera verdad que su hijo amado, el escogido, ya estuviera de regreso y entre nosotros. Y quería abrazarlo, pero se aguantaba, porque nos decía que ya era un hombre consagrado y había que ser respetuoso con él. Que él ya era un representante de Dios sobre la tierra. Que era un espacio consagrado a Dios.Mi papá y sus hermanos reconocían que él había sido el estudioso, el dedicado, el disciplinado, el inteligente de la familia. Se había ido a Roma para terminar sus estudios sobre la Divinidad. Luego se fue en un barco, que allá nombran fallucas, por todo el río Nilo, hasta otros países donde nacía ese río. Luego subió por todo el Mar Rojo hasta Tierra Santa, la que había recorrido palmo a palmo.Mi madre decía que mi tío había ido a aprender cosas sobre Dios y el mundo que nosotros nunca llegaríamos a comprender.

Mi tío nos trajo regalos a todos, como creo que ya lo dije, el mío lo había comprado en Antioquía, o en lo que ahora es Antioquía. Me dijo: cada uno de los musulmanes, y son millones de ellos, tiene un tapete como éste. Es auténtico. Como puedes ver, está hecho a mano....
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