Los secretos del verano

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LOS SECRETOS DEL VERANO
Yo a Carlos lo conocí por coincidencia. Digamos que por efectos propios de la causalidad más que de la casualidad, pero de que lo conocí, esto sí que puedo asegurarlo, lo conocí. Y mucho. Se aparecía en las noches en un barsucho ubicado en la rue Rodier muy cerca de Rochechouard, yo nunca he sido asidua a los bares y mucho menos a entablar pláticas con desconocidos peroen aquel tiempo yo estaba hecha un lío. Tenía 27 años, trabajaba en una revista de modas escribiendo artículos sociales y me encontraba enrollada con un tipo uruguayo que era muy buena persona pero que en mi interior, cuando me ponía a reflexionar, reconocía como ajeno o distante a mis planes y a mis deseos. Yo soy así, a veces me enamoro sin pensarlo y en las primeras de cambio ya estoy dándolotodo y un minuto después todo se va al carajo y me siento atrapada y con el uruguayo todavía no pasaba esto, es decir, yo todavía no me sentía atrapada, pero conforme transcurría el tiempo yo reconocía que ese hombre de aspecto afable no era para mi pero en aquél punto tampoco era lo suficientemente fuerte o firme como para decirlo. Supongo que también estaba el factor de la soledad. Porqueestaba por cumplir 28 años y a parte del uruguayo no podía decir que contará con alguien más y por muy fuerte que uno sea a veces necesita sentirse arropado. Así que durante un tiempo salía de la redacción y camina hasta la plaza Blanche en donde permanecía mucho tiempo dando metódicas caminatas observando los autos y las personas que pasaban mientras la tarde se volvía noche y entonces me iba aRochechouar, al bar “La estrella” y me ponía muy borracha hasta cercana la media noche, hora en que salía tambaleándome y cogía un taxi que me llevaba a rue Rivoli en donde rentaba un cuarto horrible. A veces marcaba al número celular del uruguayo que en ese entonces trabajaba como fotógrafo de nota roja para varias revistas y algunos pasquines parisinos y si en ese momento estaba cerca y no había notasparticularmente violentas o si era una noche relativamente tranquila tomaba un descanso y al cabo de un rato aparecía en mi buhardilla y nos dedicábamos a hacer el amor un rato, hasta que él se marchaba porque tenía que volver al trabajo y entonces me quedaba ahí todavía muy borracha y envuelta en sudor. Y básicamente a eso se reducían mis días y mis noches y aunque ciertamente no estaba triste,siempre he sido una optimista tenaz, tampoco era feliz y muchas ocasiones en el bar observaba a este hombrecillo delgado, de aspecto indiscutiblemente latinoamericano, que por entonces me hubiera encantado que fuera argentino o colombiano pero que resultó ser mexicano, siempre en la barra, con una cuba libre enfrente y un librito rosa en las manos. Y un día, como a la quinta o sexta ocasión en quelo encontraba, no pude resistirme y me levanté de mi mesa al fondo y fui hasta la barra y le dije como medio en broma pero también muy en serio: hombre ¿es que acaso no tienes más libros? Y acto seguido me planté en un banquito a su lado y aunque al principio pareció sorprenderse un poco muy pronto se repuso y me habló de aquel libro, una antología de escritores alemanes que participaban concuentos para niños. Y había algo en esa voz frágil que escupía un francés apenas inteligible que me agradaba y esa noche la pasamos juntos envueltos la mayor parte del tiempo en silencio, pero en un silencio reconfortante, en manera alguna incomodo. Desde entonces cada vez que entraba al bar me iba directo a la barra y casi siempre está allí, leyendo el mismo libro y con la expresión tranquila ysupongo que era el ambiente del bar, no precisamente el más concurrido de Blanche, pero muy pronto nos hicimos amigos y si bien al principio nuestras platicas giraban en torno a generalidades no pasó mucho tiempo para que me contara sobre su vida en México, y de cómo había venido a Francia huyendo de un amor de la universidad, una chica que él había querido mucho y que en algún punto enloqueció o...
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