Luces del norte

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LUCES DEL NORTE

La materia oscura/1

Phillip Pullman

Phillip Pullman
Título Original: Northern Lights. Traducción: Roser Verdaguer © 1995 By Phillip Pullman © 1998 Ediciones B. S.A. ISBN: 84-4063296-7 Edición Electrónica: Pincho R6 08/02

En este espantoso abismo, matriz de la naturaleza y tal vez tumba, no de mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino de todos juntos en susfecundadoras causas confusamente mezclados, y al que debe combatirse siempre, a menos que aquel que todo lo hace y puede ordene sus oscuras materias y cree más mundos, en este espantoso abismo, el cauteloso demonio se detuvo al borde del infierno y miró un momento, considerando su viaje... JOHN MILTON, El paraíso perdido, libro II PRIMERA PARTE - OXFORD 1 - LA LICORERA DE TOKAY Lyra y su daimonionatravesaron el comedor, cuya luz se iba atenuando por momentos, procurando mantenerse a un lado del mismo, fuera del campo de visión de la cocina. Ya estaban puestas las tres grandes mesas que lo recorrían en toda su longitud, la plata y el cristal destellaban pese a la poca luz y los largos bancos habían sido retirados un poco con el fin de recibir a los comensales. La oscuridad dejaba entrever losretratos de antiguos rectores colgados de las paredes. Lyra se acercó al estrado y, volviéndose para observar la puerta abierta de la cocina, como no viera a nadie, subió a él y se acercó a la mesa principal, la más alta. El servicio en ella era de oro, no de plata, y los catorce asientos no eran bancos de roble sino sillones de caoba con cojines de terciopelo. Lyra se detuvo junto a la silla del rectory dio un suave golpecito con la uña en la gran copa de cristal. La vibración resonó en todo el comedor. —Un poco de seriedad —le murmuró su daimonion—. A ver si sabes comportarte. El nombre de su daimonion era Pantalaimon y normalmente tenía la forma de una mariposa nocturna, una mariposa de color marrón oscuro, a fin de pasar inadvertido en la penumbra del salón. —Hay mucho ruido para que puedanoírnos en la cocina —le respondió Lyra en un murmullo—. Y el camarero no vendrá hasta el primer campanillazo. ¡Deja ya de darme la lata! Volvió, pues, a poner la palma de la mano sobre el resonante cristal mientras Pantalaimon se alejaba revoloteando y desaparecía por la puerta entreabierta del salón reservado, situado al otro extremo del estrado. Al poco rato apareció de nuevo. —No hay nadie—musitó—, pero tenemos que darnos prisa. Agachándose detrás de la mesa principal, Lyra se lanzó como un dardo a la puerta del salón reservado y, ya allí, se paró a echar un vistazo alrededor. La única luz de la estancia era la procedente de la chimenea, cuyos troncos fulguraron con vivo resplandor mientras los miraba, levantando un surtidor de chispas. Aunque había pasado gran parte de su vida en elcollege, aquélla era la primera vez que entraba en el salón reservado: sólo tenían permiso para ello los licenciados y sus invitados, nunca las mujeres. Ni siquiera lo limpiaban las criadas, sólo el mayordomo. Pantalaimon se posó en su hombro. —¿Ya estás contenta? ¿Nos podemos marchar? —dijo en un murmullo. —¡No seas tonto! ¡Lo quiero ver todo!

Era una estancia espaciosa y en ella había una mesaovalada de bruñido palo de rosa sobre la cual estaban dispuestas varias licoreras, además de vasos y un artefacto de plata para moler tabaco, provisto de un porta pipas. En un aparador cercano había un pequeño calientaplatos y una cesta de cápsulas de adormidera. —Se dan buena vida, ¿no te parece, Pan? —observó Lyra, conteniendo la voz. Se sentó en una de la enormes butacas de cuero verde. Era taninmensa que podía tumbarse en ella, pero se incorporó y se acomodó sobre las piernas para contemplar los retratos colgados en las paredes. Probablemente antiguos alumnos: todos togados, barbudos y siniestros, mirándola fijamente desde el interior de sus marcos, en actitud de solemne desaprobación. —¿De qué estarán hablando? —dijo Lyra o, mejor dicho, empezó a decir, ya que antes de terminar...
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