Luis gonzalez

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Luis González

El liberalismo triunfante

I. REPÚBLICA RESTAURADA 1. Regreso de Juárez y del civilismo El verano del año de 1867 quedó con justa razón inscrito en el catálogo de los inolvidables. Acababan de esparcirse las noticias de la caída de Querétaro, la captura y muerte del emperador Maximiliano de Habsburgo y la entrega de la ciudad de México, después de noches y días de sitio, enpoder de la república. El 20 de junio ondeó la bandera blanca en la catedral y Porfirio Díaz dio la orden de cese el fuego. El régimen monárquico se entregaba, sin condiciones, al régimen republicano. Así se cerró de golpe una época cincuentona, pendenciera y de muchos ires y venires. Al amanecer el 21 de junio Porfirio Díaz hizo su entrada triunfal al frente de la primera división del ejército. 25mil hombres mal trajeados y peor comidos, nueve mil a caballo y los demás a pie, desfilaron al son del repique de las campanas y la tronasca de los cohetes. No era la primera vez que la capital recibía con júbilo un ejército triunfante. Eso lo había hecho muchas veces. La capital era experta en recepciones suntuosas para los victoriosos. La enloquecían de entusiasmo los que ganaban. Con Díaz,entró Juan José Baz, el iracundo y comecuras gobernador del Distrito. Para abrir boca, Baz dispuso el abandono súbito de los conventos de mujeres. Mandó también que todo vecino servidor del segundo imperio compareciera, so pena de muerte, en la Antigua Enseñanza o en Santa Brígida. Cumplieron con la disposición unos 250. Los peces gordos se volvieron ojos de hormiga. Así Santiago Vidaurri, LeonardoMárquez y Tomás O’Horan. Vidaurri, oculto y delatado por un yanqui, fue pasado por las armas al son de Los Cangrejos, la canción de burla para los conservadores. Los obedientes, o son conducidos a la cárcel de Perote, o desterrados. Algunos sacerdotes extranjeros salen del país por causas ajenas a su voluntad. A fin de cuentas, las represalias contra los lambiscones de Maximiliano resultarán suaves.La llegada de don Benito amansó a los patriotas rencorosos. El 67 fue muy llovedor. Para el 24 de junio, el mero día de San Juan, ya llovía a cántaros. Los caminos estaban intransitables. Los coches se hundían en el lodo. Uno de los guayines de la caravana presidencial, en el que venía el ilustre jurista José María Iglesias, se desvencijó. La flor y nata de la inteligencia republicana que se habíarefugiado en Paso del Norte durante el Imperio, avanzaba hacia la capital a paso que dure y no que madure. Además, se [635]

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detuvo en Querétaro porque Juárez quería echar un vistazo al cadáver del emperador. Por eso, sólo después de veinticinco días de la toma de México,
El quince de julio del año sesenta y siete entró don BenitoJuárez triunfante a la capital.

El presidente de la Junta Municipal lo arengó a su entrada al palacio. En seguida don Antonio Martínez de Castro propuso el restablecimiento de “la confianza y la seguridad perdidas y que hubiera una verdadera reconciliación entre los mexicanos”. Luego fueron otras oraciones cívicas y poemas y palabras en prosa y en verso, “flores y ramilletes… que caían de losbalcones”, música de bandas, una “inmensa muchedumbre, desbordando su alegría en un delirio de vivas” y el chubasco que les aguó la comida en la Alameda a tres mil personas. Juárez correspondió a la metrópoli, que lo recibía tan alborozadamente, con un póster literario donde constaba una frase muy aplaudida en 1867, la que decía que “el gobierno de la República no se dejaría inspirar por ningúnsentimiento de pasión contra los que han combatido”. Ahora nos conmueve más la que dice: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. No debiera ser menos memorable aquella otra: “En nuestras libres instituciones, el pueblo mexicano es el árbitro de su suerte. Con el único fin de sostener la causa del pueblo durante la guerra, mientras no podía elegir sus...
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