Maestra

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ROJO EN LA SALINA Del libro Historias en rojo.

Syria Poletti

Se ocultó detrás de la maraña blanca y esperó. Arqueó el cuerpo tratando de ajustarlo al escondite que le ofrecía esa vegetación cristalizada, enana, surgida en torno de la salina como flora glacial. Desde ahí, podía ver la cabina de control instalada sobre la montaña de sal y acechar el momento en que podría subir.La fila de tractores avanzó hacia la orilla. Sobre la extensión radiante, parecían cucarachas que transportaran nieve. Uno tras otro, fueron ascendiendo por el terraplén. Al llegar ante la parva montada al borde de la cuenca como pirámide sobre un lago, se detuvieron; vomitaron su carga en la tolva, y siguieron. Un río de sal se empinó hacia la cumbre y se deshizo rodando a los costados.Arriba el "Comandante" se asomó a la ventanilla de la cabina y controló el cierre de máquinas. La cinta elevadora no giró más: el río de cristal se fue aplacando. La fila de tractores dobló hacia los talleres. Uno por uno, se sumergieron en la pileta de lavado. Al salir, despojados de la costra de sal, eran sólo soñolientas y oscuras cucarachas.
¿Por qué el "Comandante" tardaba en dejar su puestode guardia?
Yessy tenía prisa: sólo disponía de esa hora para observar la salina desde la torre de control que se elevaba sobre la parva. La única hora en que nadie podría verla y en que nadie podría impedir que una chiquilina subiera a la cabina eléctrica.
El "Comandante" bajó la escalerilla suspendida entre la cumbre de la parva y el terraplén. Llevaba bombachas, botas y anteojos parael sol. Yessy sonrió: la imagen del revólver metido entre los pliegues de las bombachas del salinero le causaba gracia.
— ¡Lo juro, patronal —recordó sonriendo, divertida—. ¡Yo soy polaco católico! ¡Y lo voy a matar! ¡Lo juro por esta cruz! —Y el salinero había estampado dos besos sobre la cruz formada con sus dedos sucios y comidos por la sal.
— ¡Hombre! ¡Así juran "vendetta" lositalianos! -había reído su madre, que parecía más menuda frente al gigante—. Yo aquí no quiero peleas, "Comandante". Déme el revólver. —Y con gracioso ademán había extraído el revólver de la cintura del salinero—. Yessy volvió a ver la escena: en la mano derecha, su madre sostenía el revólver y en la izquierda la jaula de los cardenales recién cazados.
—Entonces, ¡eche al polaco, patrona! -habíainsistido el "Comandante" mesándose los pelos escasos.
— ¿Y acaso usted no es polaco también? —había insistido su madre.
— ¡Polaco cristiano, patrona!
—También Malinosky.
— ¡Polaco comunista! —replicó el salinero escupiendo sobre los tamariscos-. ¡Lo voy a matar!
—¡Déjese de las pavadas políticas de allá! Aquí ustedes vinieron a cosechar sal. Y a criar a sus hijos. Nada más.Yessy volvió a sonreír. Su madre era... ¡era extraordinaria! Había deslizado el revólver del "Comandante" dentro de la jaula de los cardenales.

Ese era el momento.
Los tractoristas y los mecánicos se habían retirado. También el "Comandante" había desaparecido entre la arboleda que envolvía las casas de los salineros. Por suerte, la metida de Adriana no rondaba por ahí. En los últimosdías, la chica se había vuelto pesada.
Yessy salió del escondite y se acercó a la pirámide. Trepó la escalerilla con alegría, como si cruzara un paisaje alpino en funicular. Arriba, desde la cabina de control, el panorama de la cuenca era tan deslumbrante como desde la avioneta.
Se sentó en el banquito del "Comandante", preparó la hoja de papel y los pinceles y miró. Por debajo, se elevabala parva de sal, nívea, compacta; detrás, el espeso chañar que iba perdiéndose en la hondonada, y, ante ella, la extensión blanca, perlada, que las lluvias transformaban en lago. Y casi a pico sobre el lago incandescente, la muralla de cerros. Tan extraña belleza la exaltó. Debía aprovechar el instante en que el sol, instalado entre dos lomas, enfocaba el paisaje con luces al rojo. Y la laguna,...
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