Manzanita julio garmendia

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  • Publicado: 19 de marzo de 2011
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MANZANITA Julio Garmendia
CUANDO LLEGARON las grandes, olorosas y sonrosadas manzanas del
Norte, la Manzanita criolla se sintió perdida.
—¿Qué voy a hacer yo ahora –se lamentaba–, ahora que han llegado
esas manzanas extranjeras tan bonitas y perfumadas? ¿Quién va a quererme
a mí? ¿Quién va a querer llevarme, ni sembrarme, ni cuidarme, ni
comerme ni siquiera en dulce?
La Manzanita se sintióperdida, y se puso a cavilar en un rincón. La
gente entraba y salía de la frutería. Manzanita les oía decir:
—¡Qué preciosidad de manzanas! Déme una.
—Déme dos.
—Déme tres.
Una viejecita miraba con codicia a las brillantes y coloreadas norteñas;
suspiró y dijo:
—Medio kilo de manzanitas criollas, marchante; ¡que no sean demasiado
agrias, ni demasiado duras, ni demasiado fruncidas!
LaManzanita se sintió avergonzada, y empezó a ponerse coloradita
por un lado, cosa que rara vez le sucedía.
Y las manzanas del Norte iban saliendo de sus cajas, donde estaban
rodeadas de fina paja, recostadas sobre aserrín, coquetonamente envueltas
en el más suave papel de seda. Habían sido traídas en avión desde
muy lejos, y todavía parecían un poco aturdidas del viaje, lo que las hacía
aún másapetitosas y encantadoras.
—A mí me traen en sacos, en burro, y después me echan en un rin-
cón en el suelo pelado... –cavilaba Manzanita, con lágrimas en los ojos,
rumiando su amargura.
Estaba cada vez más preocupada. Aunque a nadie había dicho palabra
de sus tribulaciones, las otras frutas, sus vecinas, veían claramente lo
que le pasaba; pero tampoco decían nada, por discreción. Hablabandel
calor que hacía; de la lluvia y el sol; de los pájaros, los insectos y la tierra;
o bien cambiaban reflexiones acerca de las gentes que entraban o salían
de la frutería, en tanto que la pobre Manzanita se mordía los labios y se
tragaba sus lágrimas en silencio.
Ya las norteñas se acababan, se agotaban; ya el frutero traía nuevas
cajas repletas, con mil remilgos y cuidados, como si fuerantesoros que se
echaba sobre los hombros. La Manzanita no pudo aguantarse más.
—Señor Coco... –llamó en voz baja, dirigiéndose a uno de sus más
próximos vecinos, un señor Coco de la Costa, que estaba allí envuelto en
su verde corteza.
—Usted que es tan duro, señor Coco –repitió Manzanita con voz
entrecortada y llorosa–; que a nada le teme; que se cae desde lo alto de
los brazos de su mamá, yen vez de ponerse a llorar, son las piedras las
que lloran si usted les cae encima...
Esto ofendió un tanto al buen señor Coco, el cual creyó necesario
hacer una aclaratoria, poniendo las cosas en su puesto.
—Es cierto que soy duro –explicó–, pero eso no quiere decir que no
tenga corazón. Es mi exterior, que es así. Por dentro soy blando, tierno
y suave como una capita de algodón.
—Es loque yo digo, señor don Coco –se apresuró a conceder la
Manzanita–. Yo sé que su agua es saladita como las lágrimas, y que eso
viene de su gran corazón que usted tiene.
—Así es –asintió el buen Coco, satisfecho–. ¿Y qué quería usted decirme,
amiga Manzanita? ¡Estoy para servirle!
—Ya usted se habrá fijado –dijo la Manzanita, conteniendo a duras
penas sus sollozos– en lo que está pasando aquíen la frutería. Esas del
Norte, ¡esas intrusas! ocupan la atención de todo el mundo, y todos las
encuentran muy de su gusto, señor Coco, ¡señor Coooooooco!... –y la
pobre Manzanita rompió a llorar a lágrima viva.
El Coco no hallaba qué hacer ni qué decirle a Manzanita. Viendo
esto otra vecina, se acercó pausadamente para tratar de consolarla.
—¡Ay, señora Lechosa! –gimió Manzanita echándolelos brazos al
cuello–. ¡Qué desgracia la mía!
—Cálmate, Manzanita, cálmate –le decía maternalmente la Lechosa
(que era una señora Lechosa bastante madura y corpulenta).
Volviéndose hacia otro de los vecinos, con los ojos húmedos –tan
blanda así era–, preguntó la Lechosa:
—¿Qué me dice usted de esto, señor Aguacate? ¿No comparte el
dolor de Manzanita? ¡Usted, que parece una lágrima verde a...
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