Martin garatuza

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Martín Garatuza
Memorias de la Inquisición Vicente Riva Palacio

[5]

Primera parte
Los criollos

-IEn que se ve que algunas cosas son para unos juegos de niños, y para otros dramas del corazón Por la Plaza principal de México atravesaba triste y pensativo un joven como de veinticinco años, elegantemente vestido y embozado en una capa corta de terciopelo negro. Cruzó por el puente queestaba frente a las casas de Cabildo, y se dirigió a la calle de las Canoas, como se llamaba entonces las que ahora se conocen con el de calles del Coliseo. Comenzaba el mes de Noviembre de 1624: la tarde estaba fría y nublada, y un viento húmedo y penetrante soplaba del Rumbo del Norte. El joven procuraba cubrirse el rostro con el embozo de la capa, más bien como por precaución contra el frío, quepor temor o deseo de no ser conocido. [6] Así caminó largo tiempo hasta que se detuvo frente a una gran casa de tristísima apariencia. En el alto muro que formaba la fachada de aquella casa, había sin cuidado ni orden, algunas ventanas guarnecidas de fuertes y dobladas rejas, todas cerradas por dentro, e indicando por su poco aseo y por la multitud de telas de araña que las cubrían, que por muchotiempo nadie se había asomado por allí. La puerta de la casa tenía una figura rara también, y los batientes ostentaban gruesos clavos de fierro, que mostraban ya las señales de la vejez y del abandono. El joven miró la casa con cierto aire de tristeza, lanzó un suspiro, y sacando la mano por debajo de la capa, llamó fuertemente a la puerta. Al cabo de algún tiempo se oyó el ruido de los cerrojos ylas cadenas, y la puerta se abrió rechinando sobre sus enmohecidos goznes. Un anciano vestido de negro y con un gorro de lienzo blanco, recibió al joven.

-¿Qué manda usía? -dijo. El joven se lo quedó mirando y luego le contestó con otra pregunta: -¿Sois por ventura, tío Luis? -Luis Herrera: pero vos ¿quién sois? -¿No me reconocéis? -No, al menos... -Leonel. -¡Ah! -exclamó el viejo- ¡DonLeonel! ¡El señorito! El primo de la señorita. -El mismo, viejo, el mismo. Dame un abrazo. El anciano se arrojó en los brazos del joven llorando, con [7] esa ternura infantil que se encuentra en el hombre por segunda vez al fin de la vida. -¡Señorito, cuánto gusto va a tener la señorita al veros! -¿Y está buena? -Buena, y hermosa de grande. -¿No se ha casado...? -No, Dios nos libre; ¡qué gusto tendrá!voy a avisarle... -No, cierra y yo subiré... Leonel se desprendió del viejo y comenzó a subir la escalera. Todo revelaba en aquella casa abandono y tristeza; ni rumor de criados, ni de caballos, ni flores, ni plantas, ni pájaros; las arañas formaban sus telas libremente por todos los rincones, y el viento entraba gimiendo al través de las rotas puertas de las habitaciones. Leonel atravesó con laconfianza del que conoce el terreno, por algunos corredores, y el eco de sus pasos se repetía sin que nadie apareciese. Llegó por fin al extremo de un largo corredor y llamó a una puerta. El pálido rostro de una vieja dueña envuelta en negras tocas, apareció entonces.

-¿Qué mandáis? -dijo la dueña. -¿Quiere Usarcé anunciar a Doña Esperanza que su primo Don Leonel de Salazar, que acaba de llegarde España, desea hablarla? La dueña sin contestar desapareció cerrando la puerta. Leonel quedó esperando, y poco después la dueña volvió a presentarse. -Pasad, caballero, que la señora os suplica aguardéis un momento. Leonel penetró en un salón que para él era bien conocido, [8] porque paseando por todas partes miradas tristes, exclamó en voz alta: -Lo mismo, lo mismo; pero el tiempo ha pasadopor aquí su mano de bronce. -Decid más bien la desgracia -contestó una voz dulcísima. ¡Doña Esperanza! exclamó Leonel estrechando entre sus brazos a la dama que había pronunciado aquellas palabras. Doña Esperanza era una joven de diez y ocho años, alta y erguida; su rostro tenía el color de la aurora; su pelo casi rubio se tejía en anillos encantadores; sus ojos grandes y brillantes mostraban una...
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