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ALEJO CARPENTIER
Los pasos perdidos

nació en La Habana en 1904 y murió en París en 1980. Aunque en 1921 inició los estudios de Arquitectura, pronto los abandonó para dedicarse al periodismo y a la música. Integrado en el llamado Grupo Minorista, en 1924 fue nombrado director de la revista Carteles y empezó a participar activamente en la vida musical cubana. En 1927, poco después de colaboraren la fundación de la Revista de Avance, fue encarcelado por motivos políticos. En 1928 se trasladó a París, donde residiría hasta 1939, en que regresó a Cuba. En 1945 se estableció en Venezuela, donde residió hasta 1959, en que, tras el triunfo de la Revolución cubana, volvió a su país. Desde 1966 hasta su muerte fue agregado cultural de la Embajada de Cuba en París. Postulador de la célebreteoría de lo «real maravilloso», Carpentier desarrolló una vasta obra narrativa en la que desALEJO CARPENTIER

tacan El reino de este mundo, Guerra del tiempo, El acoso, El siglo de las luces, El recurso del método, Concierto barroco y La consagración de la pri-

mavera. En 1977 se le concedió el Premio Cervantes.

CAPITULO PRIMERO
Y tus cielos que están sobre serán de metal; y la tierra quejo de ti, de hierro. Y palparás día, como palpa el ciego en la tu cabeza está debaal mediooscuridad.

Deuteronomio, 28-23-28

I
Hacía cuatro años y siete meses que no había truelto a ver la casa de columnas blancas, con su frontón de ceñudas molduras que le daban una severidad de palacio de justicia, y ahora, ante muebles y trastos colocados en su lugar invariable, tenía la casi penosasensación de que el tiempo se hubiera revertido. Cerca del farol, la cortina de color vino; donde trepaba el rosal, la jaula vacía. Más allá estaban los olmos que yo había ayudado a plantar en los días del entusiasmo primero, cuando todos colaborábamos en la obra común; junto al tronco escamado, el banco de piedra que hice sonar a madera de un taconazo. Detrás, el camino del río, con sus magnoliasenanas, y la verja enrevesada en garabatos, al estilo de la Nueva Orleáns. Como la primera noche, anduve por el soportal, oyendo la misma resonancia hueca bajo mis pasos y atravesé el jardín para llegar más pronto a donde se movían, en grupos, los esclavos marcados al hierro, las amazonas de faldas enrolladas en el brazo y los soldados heridos, harapientos, mal vendados, esperando su hora en sombrashediondas a mastic, a fieltros viejos, a sudor resudado en las mismas levitas. A tiem-

po salí de la luz, pues sonó el disparo del cazador y un pájaro cayó en escena desde el segundo tercio de bambalinas. El miriñaque de mi esposa voló por sobre mi cabeza, pues me hallaba precisamente donde le tocara entrar, estrechándole el ya angosto paso. Por molestar menos fui a su camerino, y allá el tiempovolvió a coincidir con la fecha, pues las cosas bien pregonaban que cuatro años y siete meses no transcurrían sin romper, deslucir y marchitar. Los encajes del desenlace estaban como engrisados; el raso negro de la escena del baile había perdido la hermosa tiesura que lo hiciera sonar, en cada reverencia, como un revuelo de hojas secas. Hasta las paredes de la habitación se habían ajado, al sertocadas siempre en los mismos lugares, llevando las huellas de su larga convivencia con el maquillaje, las flores trasnochadas y el disfraz. Sentado ahora en el diván que de verde mar había pasado a verde moho, me consternaba pensando en lo dura que se había vuelto, para Ruth, esta prisión de tablas de artificio, con sus puentes volantes, sus telarañas de cordel y árboles de mentira. En los díasdel estreno de esa tragedia de la Guerra de Secesión, cuando nos tocara ayudar al autor joven servido por una compañía recién salida de un teatro experimental, vislumbrábamos a lo sumo una aventura de veinte noches. Ahora llegábamos a las mil quinientas representaciones, sin que los personajes, atados por contratos siempre prorrogables, tuvieran alguna posibilidad de evadirse de la acción, desde...
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