Medio sol amarillo

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Medio sol amarillo

Literatura Mondadori, 336
Medio sol amarillo

CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE

Traducción de Laura Rins Calahorra

Barcelona, 2007
Mis abuelos, a quienes no llegué a conocer,
Nwoye David Adichie y Aro-Nweke Félix Odigwe,
no sobrevivieron a la guerra.

Mis abuelas, Nwabuodu Regina Odigwe
y Nwamgbafor Agnes Adichie,
ambas mujeres excepcionales, sí que lo consiguieron.Dedico este libro a la memoria de todos ellos:
ka fa nodu na ndokwa.

Y a Mellitus, dondequiera que esté.
Hoy todavía lo veo:
agostado, endeble, expuesto al sol y al polvo de la
[estación seca;
una lápida sobre los minúsculos escombros del valor
[inquebrantable.

Chinua Achebe, «Brote de mango»,
en Navidades en Biafra y otros poemas
ÍNDICE
Primera partePrincipios de los sesenta 6

Segunda parte
Finales de los sesenta 87

Tercera parte
Principios de los sesenta 147

Cuarta parte
Finales de los sesenta 184
PRIMERA PARTE
PRINCIPIOS DE LOS SESENTA
1
El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero,hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.
—Pero es buena persona —añadió—. Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.
Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.
Ugwu no podía creer quealguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad. Llevaban un rato caminando después de haberse bajado del camión en el parque móvil y el sol de la tarde le quemaba la nuca; pero no le importaba. Estabadispuesto a caminar durante horas bajo un sol aún más abrasador. Nunca hasta entonces había visto algo parecido a las calles que se abrieron ante ellos una vez que hubieron cruzado la puerta del recinto de la universidad, unas calles cuyo pavimento liso y alquitranado lo incitaba a posar sobre él la mejilla. No sería capaz de describirle a su hermana Anulika las casas de una planta que allí estabanpintadas del color del cielo y se alineaban una junto a otra como hombres educados y bien vestidos, ni los setos que las delimitaban, podados tan rectos que parecían mesas tapizadas de hojas.
Su tía apresuró el paso; el ruido de sus zapatillas resonaba en el silencio de la calle. Ugwu se preguntaba si también ella notaba el calor creciente del asfalto a través de las delgadas suelas de goma.Pasaron junto a un indicador, «odim street», y Ugwu articuló «street» como hacía siempre que veía una palabra en inglés no muy larga. Notó un olor dulce, embriagador, al entrar en un recinto; estaba seguro de que procedía de las flores blancas que sobresalían agrupadas por encima de los arbustos de la entrada. Estos habían sido podados en forma de esbeltas colinas. El césped resplandecía y lasmariposas revoloteaban por encima de él.
—Le dije al señor que lo aprenderías todo muy deprisa, osiso-osiso —lo alabó su tía.
Ugwu asintió con consideración aunque ya le había contado aquello muchas veces, tantas como la historia acerca de la ocasión que había hecho cambiar su suerte: la semana anterior se encontraba barriendo el pasillo del departamento de matemáticas cuando oyó al señorcomentar que le hacía falta un criado que se encargara de la limpieza de su casa; y ella se apresuró a hacerle saber que podía ayudarle, antes de que el mecanógrafo o el mensajero de la oficina se ofrecieran a mandarle a otra persona.
—Aprenderé pronto, tía —la tranquilizó Ugwu.
Se quedó mirando el coche del garaje; una tira metálica adornaba la carrocería azul como un collar.
—Recuerda...
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