Mejor con gratitud

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Mejor con gratitud
Por David Hochman

El primer día de los 30 que decidí tener “un mes de gratitud”, mi hijo, de cinco años, se despertó a las 5:15 de la mañana diciendo que estaba “aburrido”; el calentador de agua dio sus últimos suspiros cuando me iba a duchar, y descubrí una multa por exceso de velocidad en el bolso de mi mujer. Normalmente, habría empezado a quejarme, y eso hubiera sido unmal comienzo del día para los tres. Sin embargo, ese día era diferente. Pensé: ¡Qué bonitos hoyuelos tiene mi hijo en las mejillas, incluso a esta hora! ¡Qué bien que a mi mujer le gusten las emociones fuertes! Todavía tenía 29 días por delante. Sólo una semana antes, mientras rumiaba con fastidio la idea de que estaba en este mundo sólo para llenar y vaciar el lavavajillas, decidí que ya erahora de terminar con mis quejas improductivas. Comprendí que me amargaba la vida por pequeñeces, y que algunos de mis amigos de pronto afrontaban problemas realmente serios: un diagnóstico de cáncer, el divorcio, la pérdida del empleo. ¿No debía celebrar mi relativa buena fortuna? Había oído hablar de los beneficios emocionales de tener una actitud de gratitud; lo que no me quedaba tan claro era cómopasar del descontento a la placidez. Deseoso de obtener algunos consejos, me puse en contacto con Robert A. Emmons, profesor de la Universidad de California, y pionero en la investigación sobre los beneficios del pensamiento positivo. Emmons citó nuevos estudios que indican que incluso fingir el agradecimiento aumenta nuestra producción de serotonina y dopamina, sustancias asociadas con el placery la satisfacción. “Vive como si sintieras gratitud”, me dijo, “y pronto aflorará en ti el sentimiento real”. Me aconsejó llevar, durante una semana o un mes, un diario de todas las cosas por las que siento gratitud. Un importante estudio reveló que las personas que anotaban sus motivos para estar agradecidas se sentían un 25 por ciento más felices después de 10 semanas que las que no lo hacían.Incluso mejoró su actitud respecto a su trabajo, y hacían ejercicio una hora y media más a la semana. Emmons me había convencido, pero mi primer intento por hacer una lista de motivos de gratitud resultó muy pobre: “1. Café. 2. Siestas. 3. La cafeína en general”. A medida que crecía mi lista, me sentí más animado: “114. Arándanos recién recolectados. 115. El Álbum Blanco de los Beatles. 116. Noestar calvo”. Al tercer día, la lista ya era enorme. Como si acabara de ganar un Oscar, les daba las gracias a los que ayudan a guardar la compra en el supermercado y a los padres que llevan a sus hijos al parque, y pegaba notitas en la nevera para acordarme de todas las personas a las que tenía que dar las gracias al día siguiente: la profesora de la guardería de mi hijo, el cartero y muchas más.Sin embargo, ser tan exhaustivo empezó a cansarme. Los expertos llaman a esto “el efecto de

juramento a la bandera”. “Si exageras la gratitud, pierde su sentido, o, peor aún, se convierte en una tarea”, me dijo Martin E. P. Seligman, autor del libro La auténtica felicidad, cuando le mencioné mi agotamiento repentino. Y me dio un consejo: “Sé selectivo, y concéntrate en dar las gracias a esoshéroes de tu vida a los que nunca has reconocido”. Luego me sugirió hacer una “visita de gratitud”. “Piensa en una persona que haya dejado una huella profunda en tu vida y a quien nunca le has dado las gracias debidamente. Escríbele una carta que exprese tu agradecimiento en detalle y con palabras concretas; luego ve a verla y léesela frente a frente”. Y me advirtió: “Será una experiencia muyconmovedora para los dos. Prepárate para las lágrimas”. De inmediato recordé a la señorita Riggi, mi profesora de inglés del instituto. Ella fue la persona que me hizo descubrir a Hemingway, Faulkner y otros gigantes de la literatura. También fue la primera que me animó a escribir. Hasta el día de hoy, sus consejos son mi guía (“Jamás seas aburrido”, es uno de ellos). Pero, ¿alguna vez le di las...
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