Mexico una porqueria?

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Son de muerte
El recuerdo de mis años mozos me viene a las mientes de vez en cuando,
alegrando mi espíritu como el susurro de la brisa primaveral soplando por los
valles de mi tierra. En aquellos días yo era tan sólo un pobre muchacho
huérfano y desamparado, al que un familiar había acogido bajo su tutela. Prontocomencé a aprender su oficio, el de amanuense, y en un principio lo detesté con
toda mi alma. Veía a los otros muchachos jugar ociosos en las calles, mientras
yo pasaba las horas frente al atril, practicando la tediosa caligrafía,
limpiando las escribanías y llenando los tinteros de los oficiales de la tienda.
Un día, harto de latinta y las plumas de ganso con las que practicaba, me
escapé de la tienda y vagué por las calles dando barzones, ansioso de nuevas
experiencias.
Porque, hasta donde alcanza mi desgastada memoria, lo que yo siempre había
querido era convertirme en soldado. Mi abuelo, Nythosg guarde su alma, me había
contado cómomi difunto padre había sido capitán de infantería y que hasta su
muerte en una batalla había acumulado muchos honores a lo largo de su carrera
militar. Él mismo me contó gestas y hazañas épicas, puesto que también había
sido soldado; así que no ha de extrañar que encaminara mis pasos hacia los
arrabales de la ciudad, dondesiempre se veían muchos soldados gastando su oro
en las tabernas, bebiendo, jugando y peleando entre sí.
Llegué a una bodega destartalada y sucia cerca de unas caballerizas, repleta de
soldadesca y bullicio. Temeroso, entré sin saber bien lo que hacía, fascinado
con las escenas que ante mí se desarrollaban.
En labodega habría al menos una treintena de personas, bebiendo alrededor de
las ajadas mesas. La mayoría eran soldados, trasegando jarras de vino y jugando
ruidosamente a las cartas y los dados, besando y manoseando a las cantineras que
se sentaban sobre sus rodillas.
Nadie parecía reparar en mi presencia, y como empezaba a asustarme,decidí
dejar el local, cuando mis ojos se posaron en un viejo soldado, el cual cantaba
obscenas canciones y antiguos himnos de guerra mientras apuraba un abollado
pichel. Su aspecto me causó una fuerte impresión, pues estaba demacrado, con el
rostro reseco y lleno de cicatrices; vestía un miserable jubón de cuerodemasiadas veces remendado, cubriéndose los hombros con una capa gris y
polvorienta. Pero lo que más me impresionó fue su pierna izquierda, o más bien
su ausencia, pues a la altura del muslo veíase un muñón cubierto por un trapo
grasiento y roído. Al lado, recostada contra la silla, tenía la muleta con la
que suplía su pierna alandar.
El hombre se dio cuenta de que le estaba observando y me hincó su penetrante
mirada, hablándome luego con su vieja y cascada voz.
-¿Qué haces aquí, muchacho? Este no es lugar para ti... ¿A quién buscas? -pese
a lo rudo de su acento, noté que intentaba ser amable conmigo. Le miré a la
cara y respondí tímidamente:-Me he escapado de casa... -dudé unos instantes, pero luego recobré el ánimo y
exclamé lleno de orgullo.- ¡Quiero ser soldado, como mi padre, y honrar su
nombre!
El viejo me sopesó detenidamente y luego profirió una carcajada, abriendo una
boca en la que quedaban ya pocos dientes en pie. Indignado y lleno de...
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