Mi caballo mi perro y mi rifle

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  • Publicado : 4 de diciembre de 2011
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La plaza me pareció enorme, con los arcos de sus portales abiertos como bocas de tontos, admirados al vernos pasar. ¡Y qué grande la catedral con sus torres tiesas y parlanchinas, a golpe decampanas, igual que solteronas emperifolladas que, con gesto de vinagre, atisban un desfile nupcial.

Los balcones de palacio contenían racimos de gentes que aplaudían como en un teatro pidiendo, tal vez,que la revolución se repitiese o que salieran los autores a dar las gracias. Era el momento embriagador y peligroso de la apoteosis.
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-Parece que estamos ya entre los nuestros–pensé-, entre partidarios de sana intención que dan la bienvenida al hermano que llega de arrastrarse por los caminos y de sufrir privaciones en el fondo de los barrancos. O, tal vez, éstos que nos aplaudensean revolucionarios de gabinete, de esos que sacan de los libros el manifiesto, o el borrador del plan. Pero, ¿nos aplauden de buena fe? ¿Habrán comprendido que la lucha requiere balas y no dediscursos elaborados con palabras desprovistas de vida, de dolor y de muerte? Porque no hay peor enemigo del revolucionario militante que aquel cuyas armas son los adjetivos rebañados de textos exóticos, conlos cuales fusila a mansalva a los pobres soldados de carabinita…

¡Con qué contento me estiré sobre los estribos, para medir la pequeña grandeza revolucionaria de los que nos aplaudían desde loalto!

En el balcón central de Palacio el Gobernador sonreía satisfecho, y a su derecha, empinándose sobre las puntas de los pies para hacerse más visible, un hombrecillo flacucho y calvo nos vitoreabacon estruendo.

-¡Allá van los míos! ¡Arriba mis muchachitos!- Y agitaba cariñosamente una mano, llenándonos de paternales bendiciones.

Pero, ¿será posible? ¿Mis ojos habrán visto bien, oquedarían ciegos con el polvo que levantan las caballerías?
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Vuelvo sin cesar la cabeza para cerciorarme de que no me equivoco. ¡Es él, ni duda cabe, don José María, EL REY DE OROS, el...
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