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CON RUMBO AL ABRA
CAPÍTULO
I
 Aquello de ‘No me banco a las hormigas, yo me vuelvo a la ciudad ‘no es lo mío.
Ricardo Iorio, 2005.
A
las seis y cuarto de la mañana del sábado siete de enero de 2006, el interno 612de la empresa El Cóndor/La Nueva Estrella en el que viajaba arribó a Coronel Suárez. Quince minutos más tarde, un automóvil Renault de color azul se detuvo frente al edificio dela terminal. Ricardo Iorio bajó de su automóvil vestido rigurosamente con unos ajados jeans y una remera negra. Costaba asociar esta imagen tranquila con la personalidad hosca e intransigente que a veces muestra arriba de los escenarios. Caminaba a mi encuentro cuando una imagen atrapó su atención a un costado. — ¡¿Qué hacen acá?! —preguntó sorprendido el músico, y sonrió al pasar cerca de dosmuchachos y una chica que estaban sentados dentro del bar de la terminal al-rededor de una mesa. Unas horas antes, los tres habían estado en la casa de Iorio, cenando y compartiendo algunos vinos con él y su pareja, pero ahora estaban allí. — ¿Todavía despiertos y chupando? ¡Son unos borrachos! —bromeó .Del otro lado del vidrio los trasnochados jóvenes devolvieron el saludo alzándolosvasos. —Vienen acá, porque este barcito es el único lugar donde venden algún trago a esta hora —me explicó Iorio mientras me saludaba y colocaba mis pertenencias en su auto. El trámite de saludarme y guardar mi mochila iba a durar sólo unos minutos. En el breve lapso de tiempo que estuvo en la terminal, nadie se acercó para pedirle un autógrafo o sacarse una foto. De hecho, probablemente ninguna de las personasque me rodeaban por el lugar, a excepción de sus trasnochados amigos, sabía que aquella persona vestida de colores oscuros tiene la presencia de un toro en los escenarios y es venerado por miles y miles de jóvenes en todo el país. Definitivamente, había llegado hasta allí para reunirme con un personaje único. Salimos a la ruta. No era un lindo día en el sur de la provincia de Buenos Aires, a casiseiscientos kilómetros de Capital Federal. Unos nubarrones grises amenazaban con lluvia y envolvían toda la región, dejando al descubierto apenas, a lo lejos, las imponentes faldas de la Sierra de la Ventana; pero agua era lo que la zona necesitaba, precisamente, aunque el turismo muchas veces reniega de las tormentas.

La cosecha no había sido buena el año anterior y la amenaza de la sequía sehacía sentir. —Pronostican treinta años de sequía para esta región —me explicó Iorio mientras conducía su auto por la ruta provincial 76 con rumbo a… — ¿Adónde vamos, exactamente? —le pregunté. —Ya te vas a enterar. Las personas lloran cuando vienen a mi casa porque piensan que van a ir a la mansión del Puma Rodríguez en Miami, y se encuentran en cambio con un rancho de cara al sur, de puro machopropiamente, tierra adentro. Permanecí callado. Esperé que continuara, que dijera algo más. Y lo hizo: —Yo siempre fui un tipo rural. En 1974 mi viejo me trajo por primera vez a pasear a esa zona —señala un cordón de la Sierra de la Ventana, a lo lejos—, y yo le dije: “Cuando sea grande voy a vivir acá”. Y acá estoy, cumpliendo mi sueño .Pasaron los minutos. La ruta provincial 76, la misma a laque Iorio le cantó en un disco de Almafuerte, había quedado atrás y ahora nuestro trayecto nos llevaba por un camino de tierra. Entonces detuvimos ambos la mirada sobre el paisaje. Las sierras y el campo eran a un tiempo nuestra contención y nuestra extensión. De pronto, atacado por una especie de impulso, el músico hizo una parada en un lugar de-solado. Señaló un cartel al costado del camino queindicaba que muchos años antes allí hubo un asentamiento militar. —Alguna vez recorrí las ruinas de este lugar y encontré vestigios de la conquista —recordó Iorio, que conoce bastante sobre historia argentina. Decía el cartel, a modo de referencia histórica:“El 24 de marzo de 1871, durante la conquista del desierto, el jefe de la frontera Costa Sur, coronel Enrique Spicka fundó aquí la...
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