Nose

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  • Publicado : 27 de marzo de 2011
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Konstantín Véksler Edvárdovich salía a comprar el pan a las cinco de la mañana todos los días, pese a que la pastelería no abriese hasta las nueve. A él, le gustaba. Saludaba a las señoras con unainclinación de chistera siempre que con alguna se cruzaba, y caminante y gozoso, proseguía su camino, alisándose el bigote, mentón bien alto.

Konstantín Véksler Edvárdovich era muy conocido en suépoca, y en su lugar. Querido y odiado. Los niños de familias acomodadas escapaban para visitarle día a día, y cada vez salían por las puertas de la mansión de su querido y añorado Véksler con algo nuevoy sustancial aprendido, o no salían.

Porque, algunas veces, algunos no volvían a aparecer por sus casas. Algunos pensaban que se los comía. Otros, que quedaban atrapados en una espiralespaciotemporal. Y, aunque esta teoría parecía a priori la más disparatada y fantástica sin duda, pero, sinceramente, era la que mas se acercaba a la verídica. Veksler les retenía en jaulas para posteriormenteutilizarlos como conejillos de indias en sus innumerables experimentos fisicomatemáticos y propios de un científico loco, y quedarse con sus sombreros.
Cabe antes mencionar, que en aquel insólitolugar, todo el mundo poseía un sombrero que había de llevar por tradición y educación, todos distintos entre ellos, ya fuere la diferencia por color, forma, detalle o tamaño.
Así pues, como todo el mundotenía un regusto desagradable acerca de nuestro querido Véksler, -sin mala intención alguna en el alma él actuaba, sólo dejándose llevar por su voluntad científica-, tiempo al tiempo dejaron deacercarse por su casa, la cual frecuentemente era el escenario de innumerables efectos visuales provenientes de sus ventanas, ya con suciedad que al parecer nunca había sido limpiada.
En todo caso, un díacomo cualquier otro, Véksler desapareció, entre estruendos, de nuevo. Pero esta vez nadie sabía que era para no volver.

El polémico Véksler había aparecido, sobre su velocípedo de rueda mayor...
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