Odisea espacial

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2001 - UNA ODISEA ESPACIAL
Arthur C. Clarke

I – NOCHE PRIMITIVA 1 - El camino de la extinción La sequía había durado ya diez millones de años, y el reinado de los terribles saurios tiempo ha que había terminado. Aquí en el ecuador, en el continente que había de ser conocido un día como África, la batalla por la existencia había alcanzado un nuevo clímax de ferocidad, no avistándose aún alvictorioso. En este terreno baldío y disecado sólo podía medrar, o aun esperar sobrevivir, lo pequeño, lo raudo o lo feroz. Los hombres mono del «veldt» no eran nada de ello, y no estaban por ende medrando; realmente, se encontraban ya muy adelantados en el curso de la extinción racial. Una cincuentena de ellos ocupaban un grupo de cuevas que dominaban un angosto vallecito, dividido por un perezosoriachuelo alimentado por las nieves de las montañas, situadas a doscientas millas al norte. En épocas malas, el riachuelo desaparecía por completo, y la tribu vivía bajo el sombrío manto de la sed. Estaba siempre hambrienta, y ahora la apresaba la torva inanición. Al filtrarse serpenteante en la cueva el primer débil resplandor del alba, Moon-Watcher vio que su padre había muerto durante la noche.No sabía que el viejo fuese su padre, pues tal parentesco se hallaba más allá de su entendimiento, pero al contemplar el enteco cuerpo sintió un vago desasosiego que era el antecesor de la pesadumbre. Las dos criaturas estaban ya gimiendo en petición de comida, pero callaron al punto ante el refunfuño de Moon-Watcher. Una de las madres, defendió a la cría a la que no podía alimentar debidamente,respondiendo a su vez con un enojado gruñido, y a él le falto hasta la energía para asestarle un manotazo por su protesta. Había ya suficiente claridad para salir. Moon-Watcher asió el canijo y arrugado cadáver y lo arrastró tras sí al inclinarse para atravesar la baja entrada de la cueva. Una vez fuera se echó el cadáver al hombro y se puso en pie... único animal en todo aquel mundo que podíahacerlo. Entre los de su especie Moon-Watcher era casi un gigante. Pasaba un par de centímetros del metro y medio de estatura, y aunque pésimamente alimentado, pesaba unos cincuenta kilos. Su peludo y musculoso cuerpo estaba a mitad de camino entre el del mono y el del hombre, pero su cabeza era mucho más parecida a la del segundo que a la del primero. La frente era deprimida y presentabaprotuberancias sobre la cuenca de los ojos, aunque ofrecía inconfundiblemente en sus genes la promesa de humanidad.

Al tender su mirada sobre aquel hostil mundo del pleistoceno, había ya algo en ella que sobrepasaba la capacidad de cualquier mono. En sus oscuros y sumisos ojos se reflejaba una alboreante comprensión... los primeros indicios de una inteligencia que posiblemente no se realizaría aundurante años, y no podría tardar en ser extinguida para siempre. No percibiendo señal alguna de peligro, Moon-Watcher comenzó a descender el declive casi vertical al exterior de la cueva, sólo ligeramente embarazado por su carga. Como si hubiesen estado esperando su señal, los componentes del resto de la tribu emergieron de sus hogares, dirigiéndose presurosos declive abajo en dirección a las fangosasaguas del riachuelo para su bebida mañanera. Moon-Watcher tendió su mirada a través del valle para ver si los Otros estaban a la vista, mas no había señal alguna de ellos. Quizá no habían abandonado aún sus cuevas, o estaban ya forrajeando a lo largo de la ladera del cerro. Y como no se los veía por parte alguna, Moon-Watcher los olvidó, pues era incapaz de preocuparse más que de una sola cosa cadavez. Debía primero zafarse del viejo, pero éste era un problema que requería muy poco que pensar. Había habido muchas muertes aquella temporada, una en su propia cueva; sólo tenía que depositar el cadáver donde había dejado el de la nueva criatura en el último cuarto de luna, y las hienas se encargarían del resto. Ellas estaban ya a la espera, allá donde el pequeño valle se diluía en la sabana,...
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