Para llorar

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Para Llorar |

Hombre Gordo
Javier Espitia




El sol empezaba a calentar la mañana en.

─Buenos días, ¿qué se le ofrece? ―
Javier Espitia
Hombre Gordo
Hombre GordoHombre Gordo
Hombre Gordo
Hombre Gordo
Hombre Gordo
Hombre Maduro
Javier Espitia

Javier Espitia

Javier Espitia

Javier Espitia

Javier Espitia

―Vengo a llorar― (con los ojos llenos de lágrimas)

― ¿No me diga? ¿Yquiere que yo le crea tamaña mentira?(sacó el pecho como si fuera a tomar aire)

―De veras, vengo a llorar― repitió Espitia.

―Si se le murió alguien, olvídelo.

―Nadie querido se me murió.

―Si lo dejó su mujer, menos.

―Nunca me ha dejado una mujer.

―Entonces perdió el trabajo, mejor váyase.

―Nunca me han corrido de un empleo.

―Le advierto una cosa: aquí se viene a llorar, allorar a mares. La pasan muy mal los que fingen. No aceptamos lagrimitas de cocodrilo.

―No lo voy a hacer quedar mal, se lo aseguro.

―Tendríamos que hacerle algunas pruebas― (con cara de quien está a punto de descubrir a un impostor)
(Lo hizo pasar por un corredor de arcos coloniales. Al fondo se veía la fuente de un patio central al que desembocaban, por la parte superior, habitaciones detechos altos y puertas de cristales opacos. En los corredores interiores caminaban algunos hombres como caminan los que están tristes, mirándose las puntas de los zapatos. Había mujeres sentadas en las bancas de un jardín lateral donde crecían geranios y los castaños daban una sombra fresca, apacible.)

(Espitia entró a la oficina de muebles antiguos, rodeada de libreros de madera labrada.Detrás de un escritorio un Hombre Maduro de aspecto limpio y agradable sorbía la sal de sus propias lágrimas. Se limpió la nariz con un kleenex rosa y le dijo, como si lo conociera de muchos años atrás)

―Muy bien Espitia, ¿y a qué debemos su visita?

―Vengo a llorar― le dijo con los ojos arrasados.

―Sólo voy a hacerle una advertencia, Espitia― (le dijo el Hombre Maduro mientras sacaba otrokleenex) Javier Espitia
Hombre Maduro
Hombre Maduro
Hombre Maduro
Hombre Maduro
Javier Espitia

Javier Espitia

―: no vamos a ayudarle. No le vamos a decir que su papá no lo quería, ni que su madre era una mujer despreciable, ni que usted es un mediocre sin remedio. Nada. Usted va a llorar solito, sin ayuda de nadie. Pero antes dígame, ¿por qué quiere llorar?

―Es que mesiento muy mal. La vida no tiene sentido, es un infierno (dijo Espitia convencido de la fuerza de sus argumentos)

―Eso es vulgar teoría, Espitia, por favor. Se llora porque se llora y punto. No confunda. Es posible que lo que usted necesite sea un psicoanálisis; ahí también se llora, y muchísimo; o bien, tres amigos y tres botellas de ron; o un perro que lo muerda. Pero en fin, adelante.Póngase cómodo en ese sillón. ¿Kleenex o pañuelo de tela?

―Pañuelo, por favor.

(El Hombre Gordo le acercó un pañuelo nuevecito, blanquísimo. Espitia se sentó al borde del sillón y puso los codos sobre las rodillas y las manos en la cara, en la posición clásica del llorón. Empezó con gemiditos tímidos como si no quisiera que lo oyeran. Un minuto después, como si toda la tristeza del mundo le hubieracaído en la cabeza, empezó a jadear y a dar gritos ahogados, aullidos inhumanos que fueron tomando la fuerza del sollozo hasta llegar a la pataleta. Se bajó del sillón como si la altura le estorbara para escupir la desesperanza y se sentó en el suelo, en posición fetal. Siguió llorando así, como no lo hacía desde que tenía diez años y descubrió que el padre se moría del páncreas, un páncreas...
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