Para quien escribimos nosotros

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SomSem 2007 Curso El ensayo en España e Hispanoamérica H. den Boer Ayala

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Francisco Ayala Para quién escribimos nosotros (1949)
5 Cuando, hace ya años, publiqué mi Razón del mundo1, me proponía considerar con amplitud y el rigor debido un problema que durante estos últimos tiempos se ha debatido mucho por todas partes: el de la función que al intelectual le incumbe en la actual sociedad yresponsabilidades que puedan caberle por sus desastres y trastornos. Aunque circunspecto, el libro provocó algunas indignaciones junto a no pocos asentimientos. Perturbaba prejuicios casi siempre fundados en la comodidad, pero ya insostenibles, al subrayar ciertas relaciones y correlaciones que se han hecho obvias; y así, su publicación resultó, creo, eficaz —más, en todo caso, de lo que yohubiera esperado—, probablemente por cuanto hurgaba en cuestiones vivas que para mí, dadas las circunstancias personales, eran candentes, pero que a todo escritor afectan ahora y solicitan, por mucho que se obtiene en volverles la espalda. Procuré entonces enfocar plenariamente el tema de la actividad intelectual, referirlo a las condiciones sociales del presente y enlazar su tratamiento con lapeculiaridad de nuestra concreta perspectiva, la que nos impone el hecho de pertenecer al ámbito cultural marcado por el uso del idioma castellano, con todas las implicaciones correspondientes a nuestro común destino histórico. Aquí he de retomar el tema por lo pronto en un aspecto limitado, y subjetivarlo por completo; quiero preguntarme: ¿Para quién escribimos nosotros? Yo, español en América, ¿paraquién escribo? El ejercicio literario se desenvuelve dentro de un juego de convenciones gobernadas en gran parte por la entidad del destinatario; según quien éste sea, así se configurará el mensaje, pues la relación entre escritor y lector constituye el sentido de cualquier actividad literaria, al determinar su forma. La forma abstracta, despersonalizada, en que hoy suele escribirse, oculta —omejor: esfuma, diluye— al destinatario en la indeterminación de un público vago, que tanto puede ser actual y real como supuesto y futuro, o meramente hipotético. Con esto, el escribir llega fácilmente [79] a ser una rutina profesional desenvuelta en el vacío y, más que un soliloquio, el discurso de un demente, sin engarces con el mundo exterior; en definitiva, una actividad desprovista de sentido.Será, pues, saludable que, a esta altura de las cosas, se pare uno a preguntar para quién está escribiendo. La guerra de España fue, como es notorio, un acontecimiento, no sólo peninsular, sino universal por su alcance y consecuencias morales. En el orden de la cultura concreta afectó directamente a todos los pueblos que participan en el idioma, y no con exclusividad a aquellos que están comprendidosen los límites políticos del Estado español. Ahí, su efecto inmediato fue el de interrumpir la producción intelectual del país: ciertas publicaciones que durante la guerra se hicieron con el apoyo oficial en la zona republicana, excelentes y vivaces como eran, tenían en su maravilla un algo de inverosimilitud; las que, también oficiales, vienen apareciendo en España después de terminada la lucha,apenas son más que oquedad, fachada, propaganda. En todo ello no hay de qué sorprenderse: al Estado, cualesquiera sean sus orientaciones, no le interesa la cultura sino como instrumento para sus propios fines, que son por esencia fines políticos; lo más que puede hacer en favor suyo es conservarla: mantener museos, fundar academias, subvencionar teatros, publicar archivos, editar clásicos. Encuanto a los brotes nuevos de la cultura, cuando no los pisotea, los diseca y falsifica —y no se sabe qué sea peor, si el caballo de Atila o los fabricantes de césped artificial. La guerra, pues, vino a suspender en España la creación intelectual: una gran parte —no he de decir yo si la más calificada; en todo caso, la mayor— de los hombres que la ejercían salieron exiliados para reemprender como...
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