Paraiso en la otra cuadra

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Aunque no figuraba en su plan de viaje, Flora, en vez de trasladarse
directamente de Auxerre a Dijon, hizo dos escalas, de un día cada una, en Avallon y
Semur. En librerías de ambas localidadesdejó ejemplares de La Unión Obrera y
carteles. Y, en ambas, como carecía de cartas de presentación y referencias, fue a
buscar a los obreros a los bares.
En la placita de la iglesia de Avallon, desantos y vírgenes tan pintarrajeados
que le recordaron las capillas indígenas del Perú, había dos tabernas. Entró a L'Étoile
du Jour al anochecer. El fuego del hogar enrojecía las caras de losparroquianos y
llenaba de humo la atestada habitación. Era la única mujer. A las voces chillonas
sucedieron murmullos y risitas. Entre las nubecillas blancas de las cachimbas,
distinguió ojillos quepestañeaban, expresiones salaces. Un rumor serpentino iba
escoltándola mientras se abría camino entre la masa sudorosa que la dejaba pasar y
se cerraba a su espalda.
No se sentía incómoda. Al patrón delestablecimiento, un hombre bajito, de
modales untuosos, que se acercó a preguntarle a quién buscaba, le respondió de manera
cortante: a nadie.
-¿Por qué me lo pregunta? -inquirió a su vez, de modoque todos la oyeran-.
¿No se permite la entrada a las mujeres aquí?
-A las mujeres decentes, sí -exclamó, desde el mostrador, una voz
aguardentosa-. A las hetairas, no.
«Es el poeta del lugar»,pensó Flora.
-No soy una puta, señores -explicó, sin enojarse, imponiendo silencio-. Soy una
amiga de los obreros. Vengo a ayudarlos a romper las cadenas de la explotación.
Entonces, por sus caras,comprendió que ya no la creían hetaira sino tronada.
Sin darse por vencida, les habló. La escucharon por curiosidad, como se escucha el
canto de un pájaro desconocido, sin prestar mucha atención a loque decía, más
atentos a sus faldas, a sus manos, a su boca, a su cintura y a sus pechos que a sus
palabras. Eran hombres cansados, de caras vencidas, que sólo querían olvidar la vida
que...
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