Paul colinvaux

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  • Publicado : 1 de marzo de 2011
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Allá por 1982, un científico muy conocido en América, Paul Colinvaux, publicaba un manual de ecología cuya versión española se titulaba en la forma que encabezo este artículo; aunque el originalinglés era más preciso, al referirse a las «grandes fieras». Por supuesto, ni él lo hacía ni yo utilizaré esta palabra con sentido peyorativo, sino todo lo contrario. En ecología de la alimentación, esdecir, en la parte de esta ciencia que se ocupa de estudiar el camino que materia y energía recorren a través de los ecosistemas -aquello de productores, consumidores y descomponedores, herbívoros ycarnívoros, depredadores y presas, que el lector recordará al menos por los miles de documentales televisivos que hablan de ello-, se admite que el número de individuos de las especies que ocupan losniveles superiores de las cadenas tróficas es necesariamente muy bajo, con respecto al del de aquellas que les sirven de alimento.

Sin entrar en grandes disquisiciones y admitiendo que lo anterior y loque sigue es una simplificación de la realidad para que se entienda lo que quiero plantear, podríamos decir de los consumidores, por ejemplo, de un carnívoro como la nutria, que nunca podría serinfinitamente más numeroso que las truchas de que se alimenta -como se oye tantas veces- porque si no aquellas desaparecerían simplemente por inanición.

Además, en el seno de estas especies másrenombradas y escasas, los grandes depredadores, sobre todo en los más sociables, suele haber una jerarquización de los individuos, de forma que los territorios vitales se reparten y configuran de maneraque los mejor dotados para la máxima idoneidad evolutiva de la especie, es decir, para producir más y mejor descendencia, o sea, reproducirse más eficazmente, dominan los escenarios.
Hace algunosaños, con motivo del infanticidio de tres esbardos que se produjo en Degaña, el biólogo Javier Naves explicaba en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA que ese hecho, muy frecuente entre los osos, podría...
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