Pensamientosromanos

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“Quisiera un castillo sangriento”, había dicho el comensal gordo.

Je voudrais un château saignant, había dicho el comensal gordo.
Según el espejo, el comensal estaba sentado en la segunda mesa a espaldas de la que ocupaba Juan, y así su imagen y su voz habían tenido que recorrer itinerarios opuestos y convergentes para incidir en una atención bruscamente solicitada. El comensal gordo habíapedido un castillo sangriento, su voz había concitado otras cosas, sobre todo el libro y la condesa, un poco menos la imagen de Hélène (quizá por más cercana, no más familiar pero más próxima a la vida de todos los días, mientras que el libro era una novedad y la condesa un recuerdo, curioso recuerdo por lo demás porque no se trataba tanto de la condesa como de Frau Marta y de lo que había pasado enViena en el Hotel Rey de Hungría, pero todo era en última instancia la condesa y finalmente la imagen dominante había sido la condesa, tan clara como el libro o la frase del comensal gordo o el perfume del Sylvaner).
“Hay que admitir que tengo una especie de genio para festejar las nochebuenas”, pensó Juan sirviéndose la segunda copa a la espera de los hors d’oeuvre. De alguna manera el acceso alo que acababa de sucederle era un poco la puerta del restaurante Polidor, el haber decidido, de golpe y sabiendo que era estúpido, empujar esa puerta y cenar en esa triste sala.
“Sí”, pensó Juan suspirando, y suspirar era la precisa admisión de que todo eso venía de otro lado, se ejercía en el diafragma, en los pulmones que necesitaban espirar largamente el aire. Pensar era inútil, cornodesesperarse por recordar un sueño del que sólo se alcanzan las últimas hilachas al abrir los ojos; pensar era quizá destruir la tela todavía suspendida en algo como el reverso de la sensación, su latencia acaso repetible. “Ah, no te dejaré ir así”, pensó Juan, “no puede ser que una vez más me ocurra ser el centro de esto que viene de otra parte, y quedarme a la vez como expulsado de lo más mío. Pensaren el basilisco era pensar simultáneamente en Hélène y en la condesa, pero la condesa era también pensar en Frau Marta, en un grito, porque las criaditas de la condesa debían gritar en los sótanos de la Blutgasse, y a la condesa tenía que gustarle que gritaran, si no hubiesen gritado a la sangre le habría faltado ese perfume de heliotropo y marisma.
Sirviéndose otra copa de Sylvaner, Juan alzólos ojos hasta el espejo.
El alfabeto ruso sigue ahí, oscilando entre las manos del comensal gordo, contando las noticias del día como más tarde en la zona (el Cluny, alguna esquina, el canal Saint-Martin que son siempre la zona) habrá que empezar a contar, habrá que decir algo porque todos ellos están esperando que te pongas a contar, el corro siempre inquieto y un poco hostil al comienzo de unrelato, de alguna manera están todos allí esperando que empieces a contar en la zona, en cualquier parte de la zona, ya no se sabe dónde a fuerza de ser en tantas partes y tantas noches y tantos amigos, Tell y Austin, Hélène y Polanco y Celia y Calac y Nicole, como otras veces le toca a alguno de ellos llegar a la zona con noticias de la Ciudad y entonces te toca a ti ser parte del corro queespera ávidamente que ese otro empiece a contar, porque de alguna manera en la zona hay como una necesidad entre amistosa y agresiva de mantener el contacto, de saber lo que ocurre ya que casi siempre ocurre algo que alcanza a valer para todos, como cuando sueñan o anuncian noticias de la Ciudad, o vuelven de un viaje y entran otra vez en la zona (el Cluny por la noche, casi siempre, el territoriocomún de una mesa de café, pero también una cama o un sleeping caro un auto que corre de Venecia a Mantua), la zona entre ubicua y delimitada que se parece a ellos, a Marrast y a Nicole, a Celia y a monsieur Ochs y a Frau Marta, participa a la vez de la Ciudad y de la zona misma, es un artificio de palabras donde las cosas ocurren con igual fuerza que en la vida de cada uno de ellos fuera de la...
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