Perro que ladra no muerde

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huevón. Me carga.
—El que está enfermo eres tú.
—Si lo estoy, es problema mío. No te metas.
—No, si ya nadie se va a meter. Que eso te quede claro. Tu actitud deja harto que desear. Con razón el

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Nacho no te pesca. Y esas fugas, ¿qué onda? No sé para qué te viraste de lo del Rusty. Fuiste el comentario de la noche, compadre. Si hasta al Chino le caíste mal. Lo mismo ocurrió donde laBarros. La propia Antonia, me lo contó la Luisa, fue la que empezó a lanzarte mierda. —Y tú estás de acuerdo. Me queda todo claro. —No se trata de eso, Vicuña. Te has metido en una onda muy mala; deberías cortar el hueveo antes de que
el hueveo te corte a ti.
—Sabes qué más, Lerner, no te metas en lo que no te importa ni entiendes y ándate lo más tranquilo posible a la mierda.
—Problema tuyo,entonces. —Exacto: problema mío.
Alguien golpea mi puerta. Dura, incesantemente. Golpes vacíos, que provocan eco. Son los golpes del diablo, sueño. Aun así, no quiero despertar. No puedo despertar... Abro los ojos un poco pero se me cierran nuevamente. Es como un resbalín, pienso; una vez que uno decide lanzarse, no hay arrepentimiento que valga; hasta llegar abajo. Hasta llegar al final.—Matías, abre. Despierta.
Es la voz de mi padre, que taladra la protección viscosa del sueño. No hay nada que hacer: estoy despierto. Así que abro los ojos. El cielo está púrpura techni-color. Se ve demasiado falso. El sol ya se puso. He dormido varias horas, veo.

—Matías, despierta de una vez.
—Espera un segundo.
Guardo el frasco de Valium —que robé del botiquín de mi vieja— en el cajón del velador,lleno con las uñas petrificadas de mis pies, boletos de micro, varios elásticos, palitos de helado vale otro y un montón de viejos sobres con laminitas del álbum Historia del
Hombre.
Después abro la puerta:
—Mientras unos trabajan, otros duermen feroces
siestas.
—Tuve examen de cross en Educación Física. Quedé lona.
—Lávate un poco y cámbiate el uniforme. Quiero que me acompañes a compraralgunas cosas que faltan
para la noche.
—No tengo muchas ganas que digamos.
—Es una orden.
—Dame veinte minutos, entonces.
—Quince. —Está bien.
Me meto al baño, me ducho y mientras observo cómo la espuma del champú cae a mis pies y desaparece en el desagüe, me viene un ataque de llanto compulsivo que el ruido del agua caliente ahoga. El agua cae furiosa, en hilillos precisos y cortantes sobremi piel, a la que ya le da lo mismo, siento frío igual. Las lágrimas y berridos espasmódicos, frenéticos, cesan una vez que cierro ambas llaves. Respiro hondo. Con la mano limpio el vaho en el espejo: mi cara
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arde roja y congestionada sobre el resto de mi cuerpo pálido y mojado, absolutamente débil. Vergonzoso.
—El que está enfermo eres tú.
La frase retumba en mis oídos cuando abro lallave de agua fría y comienzo a lavarme los dientes, pero la sangre que brota de mis encías me asusta. Me detengo no sin antes pensar que lo pasado, pasado está, que a partir de ahora, de este preciso instante, estoy absoluta y esencialmente solo; y que si antes no lo estaba se debió quizás a un simple y comprensible error mío.
Nada más.
Estamos en el Volvo. Mi padre maneja. Vamos por laKennedy. Algo le pasa. Está tenso y agitado, lo noto. Tampoco habla mucho. El velocímetro marca ciento cuarenta.
—Vas un poco rápido, ¿no crees?
—Tranquilo. Todo está bajo control.
Lo miro de reojo. A pesar de que anda con mi casaca azul marino FU's y unos pantalones de cotelé azul petróleo, parece menos adolescente que lo acostumbrado. Casi representa los cuarenta y tres que tiene ya. Pero eso lonoto solo yo, claro; la mayoría de quienes nos ven, si es que nos ven, deben pensar que es un tipo más, no mi padre.
—¿Estás bien? —le pregunto, para tratar de controlar la conversación antes de que se largue a interrogarme sobre quién sabe qué.

■—Todo está bajo control —me dice mientras se limpia la nariz con el puño de la camisa—. Tú tranquilo, no te va a pasar nada. No te preocupes. A...
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