Pobreza, trabajo y desigualdad: el viejo problema de américa latina

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POLÍTICAS PÚBLICAS Y POBREZA Panel: Teoría Social y Pobreza

Pobreza, trabajo y desigualdad: el viejo problema de América Latina
“El estudio de la desigualdad no tiene sentido sin una utopía igualitaria, sin la convicción de que es posible construir una sociedad más equitativa” (Luis Reygadas, La apropiación)

Preguntas iniciales Cualquiera sea la pregunta que hagamos (¿qué relación hayentre teoría social y pobreza?, ¿para qué sirve la teoría social en relación con la pobreza?, ¿qué hace o puede hacer la teoría social respecto de la pobreza?), probablemente encontraríamos o daríamos respuestas parecidas: la teoría social pretende explicar la pobreza; debería servir para entenderla como tal y, por lo tanto, para entender por qué y cómo se genera; y también orienta la intervención enrelación con ella. Vale decir: habla del qué hacer. Gertrude Himmelfarb, que es autora de uno de los más codiciados libros sobre la historia de la idea de pobreza, dice que la historia de la idea de pobreza “es un microcosmos de la historia de las ideas en general” ¿En qué sentido eso es así? En el sentido de que tanto nuestras formas de pensar la pobreza, como los juicios sobre los pobres y losproyectos sociales y políticos (que pueden concebirse como guías que aglutinan grupos y que disparan debates y propuestas) expresan trayectorias del pensamiento colectivo, y también se hacen de esas trayectorias. “Trayectorias del pensamiento colectivo” no quiere decir que el camino ha sido un camino en común, ni que el punto de llegada es el mismo, sino que armamos nuestras ideas sobre la pobrezaa través de una experiencia que, aún en tensión, siempre es compartida; por lo tanto, en su curso vamos produciendo imágenes de sociedades que ansiamos y que aborrecemos, simultáneamente y según los casos. Por ese motivo, aquellos juicios y aquellos proyectos hablan, indefectiblemente, de un tiempo. Que es como decir, de una sociedad. Aunque por supuesto carece de todo valor e interés, no puedomenos que transmitir cierta sensación de incomodidad casi personal, que en todo caso trataré de objetivar, para ver si así cobra sentido compartirla. Y es que hace ya un tiempo (con algo más de precisión, desde 2003), tengo la desagradable sensación de una película ya vista: la de un debate en el que los términos y los participantes se trastocan, tanto porque en algún momento parece que todos dicenlo mismo (ya que sus lenguajes se igualan), como porque al mismo tiempo los significados cambian, y mucho. Esa es mi incomodidad, porque hace ya más de cuatro años que en América Latina empezó a desparramarse un lenguaje que puede resultar extraordinariamente atractivo acerca de qué hacer con la pobreza y con las políticas, especialmente las políticas sociales (dije bien, o al menos he dicho loque quería decir: hablé de desparramar, no de “derramar”… de sobra sabemos que el prometido derrame nunca llegó). De eso resulta algo que seguramente no es original pero que paulatinamente va haciéndose más y más evidente: en el ciclo transcurrido en los últimos 10 años, “ciudadanía”, “universalidad” o “derechos” (todos términos pronunciados con frecuencia, por muchas bocas y escritos en todo tipo yformato de documentos) no siempre significaron lo mismo. 1

Sigo, entonces, con algo que tampoco es original: discursos, ideas y propuestas deben ser estrictamente situados en su tiempo, e identificados los sujetos que los enuncian. Sea que seamos nosotros quienes los usamos, como si los leemos, el asunto es que 1995 y 2005, por caso, son dos mediados de década que en este tema no esconveniente confundir. Siempre menciono eso que dice Offe, acerca de que en los ’60 la izquierda decía: “Esto no puede seguir así”; y que en los ’70 la derecha empezó a decir “esto no puede seguir así”. Las palabras eran las mismas, pero los universos de significado de quienes las decían hacían de ellas cosas muy distintas. Opuestas, más bien: nada más ni nada menos que la distancia entre la pretensión...
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