Poemas

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La Historia de la criada Gudule. Histoire de la bonne Gudule; Jean Lorrain (1855-1906)La señora de Lautréamont ocupaba la casa más bella de la ciudad; era el antiguo edificio construido en tiempos de Luis XV (¡casi nada!), y cuyas altas ventanas, decoradas de emblemas, eran la admiración de todo el que pasaba por la plaza mayor. Era un gran edificio, flanqueado por dos pabellones laterales unidospor una gran verja: el patio con el jardín más bello del mundo se hallaba detrás del edificio principal. Descendía de terraza en terraza, hasta los bordes de las murallas, dominaba treinta leguas de campiña y, con la más bella disposición albergaba en sus bosques estatuas licenciosas, todas más o menos atormentadas por las diabluras de las Risas y el Amor.La señora de Lautréamont, que sóloocupaba el edificio principal, había alquilado los pabellones laterales a sólidos inquilinos. No había nadie que no deseara vivir en el edificio de Lautréamont, y era el sempiterno tema de las conversaciones de la ciudad. ¡La señora de Lautreamont! Había nacido con las manos llenas y siempre había tenido suerte: un marido constituido como un hércules, dispuesto a concederle todos los caprichos y que lepermitía vestirse en París, en casa de un gran modisto; dos hijos que había colocado bien: la hija casada con un procurador del rey, y el hijo ya capitán de artillería o a punto de serlo; la casa más bella, una salud que la mantenía aún fresca y, desde luego, deseable a los cuarenta y cinco años y, para atender esta mansión principesca y esta salud casi indecente, una criada de las que ya no hay,el fénix, la perla de las criadas, toda la abnegación, todas las atenciones, toda la lealtad encarnadas en la criada Gudule.Gracias a esta mujer maravillosa, la señora de Lautréamont tenía suficiente con tres domésticos, un jardinero, un lacayo y una cocinera para atender su mansión por la cantidad de sesenta mil libras. Era, sin duda, la casa más limpia de la ciudad: ni un grano de polvo sobre elmármol de las consolas, parquets peligrosos a fuerza de encerados, antiguos espejos ahora más claros que el agua de los manantiales, en todas partes, en todos los apartamentos, un orden, una simetría que hacía que el antiguo edificio fuera citado como la primera casa de la provincia, con la frase ya consagrada para referirse a una vivienda muy cuidada: Se diría que estamos en casa de losLautréamont.El alma de aquella mansión era una criada solterona de mejillas aún frescas, de ojos ingenuos y azulados y que, de la mañana a la noche, con el plumero o la escoba en la mano, seria, silenciosa, activa, no cesaba de frotar, cepillar, quitar el polvo, hacer brillar y relucir, enemiga declarada del más mínimo átomo de polvo. Los demás empleados la temían un poco: la de Gudule era una vigilanciaterrible. Consagrada por completo a los intereses de sus patrones, no escapaba nada a sus pequeños ojos azules; siempre presente además en la casa, pues la solterona no salía nada más que para asistir a los oficios religiosos los días festivos y los domingos. En la ciudad no cesaban los elogios hacia aquel modelo de sirvientas y todos le envidiaban a la señora de Lautréamont su criada. Algunasalmas poco delicadas no tuvieron escrúpulo incluso en intertar quitársela. Le habían ofrecido puentes de oro a Gudule, pues la vanidad había intervenido y en la sociedad incluso se habían hecho apuestas para ver quién lograba quitarle a la patrona a aquella pobre mujer; pero todo fue en vano. Gudule, de una fidelidad propia de otros tiempos, hizo oídos sordos a todas las proposiciones, y la felicidadinsolente de la señora de Lautréamont se prolongó hasta el día en que la vieja criada, gastada, extenuada de trabajar, se apagó como una lámpara sin aceite, en su pequeña y fría buhardilla, justo por debajo del tejado, donde la señora de Lautréamont -hay que decirlo en su honor-, permaneció instalada durante tres días.La criada Gudule tuvo la alegría de morir teniendo a su amada patrona a su...
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