Pokhv

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SE ARRIENDA PIEZA
Esta mañana, muy temprano, vino la prima Carnera. Habíamos convenido en ir a rezar al cementerio. No dejó de sorprenderse al encontrarme en pie, frente al desayuno. Me saludó con dulzura. Yo quise ofrendarle alguno de esos estímulos verbales tan frecuentes entre las personas del gran mundo; pero nada pudo salir de mi boca. No sé echar piropos por educación, y si los echo,suenan a moneda falsa, como la voz hueca de ese caballero que a todas las viejas feas les dice que tienen el "cutis de camelia". En todo caso, soy amable con ella, y comienzo a quererla; en cuanto entra en la casa, flota en el aire un aleteo religioso que me hace bien. Ella tiene la imaginación de una monja. Cree al mundo más erótico de lo que es; de mí tuvo mala idea, pero le ha bastado tratarme paracomprender que soy una hojita flotando en las ondas del mundo. Sin perder tiempo, salimos, para aprovechar la madrugada.
Era la hora en que las sirvientas lavan los vestíbulos de mármol en los palacios. La ciudad mostraba un aspecto desconocido y fascinante. Era otra, y hacía el efecto de una capital fabulosamente rica. Esos palacios de las calles Dieciocho, Ejército y Alameda producen granimpresión. No viendo ni escuchando a la gente, una creería estar en París. Fuimos a pie hasta la calle Ahumada y ahí cogimos el tranvía Cementerio, charlando como cotorras. Es un verdadero paseo, que nada tiene de triste. Los mismos entierros y la gente funeraria en el camposanto exhalan un aire de renovación. El sentimiento religioso me bañó de tranquilidad. Las tumbas, los árboles, las flores, todoen el pueblo de los muertos hablaba de renovar; el papá estaba tranquilo ya, todo lo tranquilo que se podrá estar en la aparatosa tumba de los Iturrigorriaga, al lado de mi madre; marchita estaba la enorme corona de la señora Ismenia, pero lo demás, todo cuanto lo rodeaba, era fresco, hasta las viudas y los deudos que se inclinaban al pie de otros mausoleos. Nada me daba más ímpetus para vivir queesas islas de los muertos. "No pierdas tu tiempo. ¡Apresúrate!", parecían decirme miles de susurros.
Salimos a la rotonda, ebrias de vida, y tomamos el tranvía sin hablarnos. Llegando a la casa me sentí acalorada y feliz; me quité el viejo abrigo de terciopelo, gastado como gato arestiniento, y le pregunté si era capaz de desafiar la suerte de mi olla. Dijo sí. Al ir de un lado a otro por lacocina y el comedor, me hice un desgarrón en el vestido, y ella, sin abandonar su calma, sacó su aguja, siempre lista en los pliegues de su blusa negra, y lo cosió. Después comimos lo que a mí más me agrada, sin siutiquerías de ninguna clase: huevos pasados por agua, en copa grande. Primero eché mantequilla, después pan picado, y encima los huevos, revolviendo todo con la cuchara; la prima hizo lomismo, porque es una chilenaza como yo. En seguida, papas cocidas en plato sopero, con un poco de zapallo y mantequilla, haciendo pebre con el tenedor. Ella me miraba embelesada, como pensando que me ha domesticado. Debe creer que cambié algo, cuando en realidad siempre fui así. La hago reír a cada instante.
—Me gusta mucho el zapallo —dijo ella.
—Lo que es a mí —le dije—, los huevos, cuando nolos echo en la copa y hago el revoltijo, me parecen desabridos. Cuentan que el general Baquedano odiaba los porotos delante de la gente, porque no los podía comer con el cuchillo.
Tres semanas han pasado desde la muerte del papá. La casa también está muerta; una casa sin hombre, aunque sea solamente para pelear y hacerlo rezongar, no es una casa. Me hace falta su presencia, hasta por el trabajoque me daba y que llegó a ser una rutina. La señora Ismenia viene algunas veces; suspira y se queda mirándome embobada, pues asegura que tengo los mismos ojos y la risa del finado. Cuando nadie viene a visitarme, la soledad de la casa se me hace intolerable. La Rubilinda, que suele pasar aletargada. me reveló que aún vive su imaginación, diciéndome simplemente:
—¿Por qué no arrienda la pieza...
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