Psicologia

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Daniel Goleman
Inteligencia Emocional


EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES 3
PARTE I 8
EL CEREBRO EMOCIONAL 8
1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES? 9
2. ANATOMÍA DE UN SECUESTRO EMOCIONAL 12
PARTE II 12
LA NATURALEZA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL 12
3. CUANDO EL LISTO ES TONTO 12
4. CONÓCETE A TI MISMO 12
5. ESCLAVOS DE LA PASIÓN 12
6. LA APTITUD MAESTRA 12
7. LAS RAÍCES DE LA EMPATÍA 128. LAS ARTES SOCIALES 12
PARTE III 12
INTELIGENCIA EMOCIONAL APLICADA 12
9. ENEMIGOS ÍNTIMOS 12
10. EJECUTIVOS CON CORAZÓN 12
11. LA MENTE Y LA MEDICINA 12
PARTE IV 12
UNA PUERTA ABIERTA A LA OPORTUNIDAD 12
12. EL CRISOL FAMILIAR 12
13. TRAUMA Y REEDUCACIÓN EMOCIONAL 12
14. EL TEMPERAMENTO NO ES EL DESTINO 12
PARTE V 12
LA ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL 12
15. EL COSTE DEL ANALFABETISMOEMOCIONAL 12
16. LA ESCOLARIZACIÓN DE LAS EMOCIONES 12
APÉNDICE A ¿QUÉ ES LA EMOCIÓN? 12
APÉNDICE B PARTICULARIDADES DE LA MENTE EMOCIONAL 12
APÉNDICE C LOS CIRCUITOS NEURALES DEL MIEDO 12
APÉNDICE D EL CONSORCIO W.T. GRANT LOS COMPONENTES ACTIVOS DE LOS PROGRAMAS DE PREVENCIÓN 12
APÉNDICE E EL CURRICULUM DE SELF SCIENCE 12
APÉNDICE F APRENDIZAJE SOCIAL Y EMOCIONAL: RESULTADOS 12
NOTAS 12EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES
Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.
Aristóteles, Ética a Nicómaco.
Era una bochornosa tarde de agosto en la ciudad de Nueva York. Uno de esos días asfixiantes que hacen que la gentese sienta nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a mi hotel, tomé un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al vehículo, me impresionó la cálida bienvenida del conductor, un hombre de raza negra de mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una sonrisa entusiasta, que me obsequió con un amistoso «¡Hola! ¿Cómo está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros que subían alautobús mientras éste iba serpenteando por entre el denso tráfico del centro de la ciudad. Pero, aunque todos los pasajeros eran recibidos con idéntica amabilidad, el sofocante clima del día parecía afectarles hasta el punto de que muy pocos le devolvían el saludo.
No obstante, a medida que el autobús reptaba pesadamente a través del laberinto urbano, iba teniendo lugar una lenta y mágicatransformación. El conductor inició, en voz alta, un diálogo consigo mismo, dirigido a todos los viajeros, en el que iba comentando generosamente las escenas que desfilaban ante nuestros ojos: rebajas en esos grandes almacenes, una hermosa exposición en aquel museo y qué decir de la película recién estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidente satisfacción que le producía hablarnos de las múltiplesalternativas que ofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez que un pasajero llegaba al final de su trayecto y descendía del vehículo, parecía haberse sacudido de encima el halo de irritación con el que subiera y, cuando el conductor le despedía con un «¡Hasta la vista! ¡Que tenga un buen día!», todos respondían con una abierta sonrisa.
El recuerdo de aquel encuentro ha permanecido conmigodurante casi veinte años. Aquel día acababa de doctorarme en psicología, pero la psicología de entonces prestaba poca o ninguna atención a la forma en que tienen lugar estas transformaciones.
La ciencia psicológica sabía muy poco —si es que sabía algo— sobre los mecanismos de la emoción. Y, a pesar de todo, no cabe la menor duda de que el conductor de aquel autobús era el epicentro de una contagiosaoleada de buenos sentimientos que, a traves de sus pasajeros, se extendía por toda la ciudad. Aquel conductor era un conciliador nato, una especie de mago que tenía el poder de conjurar el nerviosismo y el mal humor que atenazaban a sus pasajeros, ablandando y abriendo un poco sus corazones.
Veamos ahora el marcado contraste que nos ofrecen algunas noticias recogidas en los periódicos de la...
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