Quimaira

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  • Publicado : 2 de marzo de 2011
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Quimaira
Valerio Máximo Manfredi

Este libro es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares, objetos y acontecimientos son fruto de la fantasía del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, hechos o lugares, es totalmente fortuito.

1

Fabrizio Castellani llegó a Volterra una noche de octubre montado en su Fiat Punto, con unpar de maletas y la esperanza de conseguir un puesto de investigador en la Universidad de Siena.
Tenía treinta y cinco años y no podía contar aún con un puesto estable, como tantos de sus amigos y colegas que habían dedicado su vida a la ciencia del pasado por pura pasión, sin darse cuenta de lo difícil que era vivir de la arqueología en un país que tenía tres mil años de historia. No conseguíapensar en otra cosa que en el momento en que se encontraría cara a cara, sin intrusos ni gente molesta, con el objeto de su más reciente interés y de sus más apasionados estudios: la estatua de un chiquillo conservada en el museo etrusco de Volterra, que tenia un nombre que un gran poeta había impuesto a aquella estatua, sugestivo y cargado de misterio: “L'ombra della sera”.
El inicio deaquellos estudios y de aquel interés habían sido totalmente fortuitos. Se hallaba en Florencia en el Instituto Nacional de Restauración para hacerse una idea de las técnicas más actuales de tratamiento de los bronces antiguos cuando tuvo ocasión de ver una serie de radiografías de la estatua, realizadas tal vez con miras a una restauración, y se quedó impresionado por una sombra que revelaron los rayos Xcasi a la altura del hígado, una cosa extraña que tenía, desde determinado ángulo, el aspecto de un objeto oblongo y casi puntiagudo.
Había pensado en un defecto en la fundición o en una soldadura no lograda del todo, pero la cosa no tenía mucho sentido en una parte de la estatua hecha de superficies planas y relativamente regulares, donde el flujo del metal licuado no podía haber encontradociertamente ningún obstáculo en el momento del vaciado veinticuatro siglos antes.
Elisa, su novia, le había dejado hacía tres meses, y aún no se había recuperado totalmente del golpe.
Se presentó al día siguiente al superintendente regional Nicola Balestra, que se había instalado de forma estable en la ciudad por un par de semanas, dejando temporalmente su sede natural de Florencia.
Fabriziopasó el resto de la mañana organizando su propio trabajo e instalándose, en el despachito que habían puesto a su disposición, de tres por dos metros y medio bajo un viejo arco ciego que debía de formar parte de una antigua estructura anexa al edificio del Museo. Luego volvió a revisar los ficheros de la biblioteca para asegurarse de que no se le pasaba por alto nada de cuanto se había escrito sobreel chiquillo de Volterra.
A las cinco de la tarde el Museo cerró. Mario, el vigilante, volvió a explicarle desde el principio lo que convenía saber sobre el sistema de alarmas.
-- Bueno, le deseo buenas noches, Mario. Ah, tal vez pueda aconsejarme usted alguna trattoria económica, así tomaré un bocado rápido hacia las siete y volveré al trabajo.
Mario le aconsejó la trattoria de la señoraPina.
Fabrizio le dio las gracias y se puso de nuevo a la tarea con gran ahínco. No había nada mejor que encontrarse completamente a solas, sin ruidos de ninguna clase, sin teléfonos que sonasen de continuo y un ir y venir de gente de un despacho a otro. Cuando fue la hora de la cena, había terminado de revisar todas las fichas de la biblioteca que contenían publicaciones sobre el chiquillo deVolterra y había descubierto que se le habían escapado solo dos articulitos de estudiosos locales, de esos que se tiene en la biblioteca tan solo para decir que no falta nada en ella, pero que no añaden ni quitan gran cosa a lo ya sabido.
Había ya oscurecido y no había un alma por las calles cuando Fabrizio se encontró enfrente de la puerta del Museo. Desconectó la alarma, dio vuelta a la llave en la...
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