Qumran

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Eliette Abécassis

QUMRÁN

A Rose Lallier,
este libro nacido
de una de sus visiones.

Quienquiera que nunca haya llegado a especular
sobre estas cuatro cosas:
¿Qué hay encima?
¿Qué hay debajo?
¿Qué había antes del mundo?
¿Qué habrá después?
más le hubiera valido no haber nacido.

Talmud de Babilonia, Haguigah, nb

INDICE[pic]

PRÓLOGO 5

PRIMER PERGAMINO El Pergamino de los manuscritos 13

SEGUNDO PERGAMINO El Pergamino de los santos 34

TERCER PERGAMINO El Pergamino de la guerra 58

CUARTO PERGAMINO El Pergamino de la mujer 90

QUINTO PERGAMINO El Pergamino de la disputa 123

SEXTO PERGAMINO El Pergamino de las grutas 158

SÉPTIMO PERGAMINO El Pergamino perdido193

OCTAVO PERGAMINO El Pergamino del Mesías 248

Alfabeto Hebreo 253

GLOSARIO 254

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 256

PRÓLOGO

(

Capítulo 1

El día en que el Mesías entregó su alma, el cielo no estaba más claro ni más oscuro que otros días; ninguna luz lo iluminaba, como un signo milagroso. El sol se había ocultado tras una espesa niebla, pero sus rayoslograban atravesar aquel opaco techo. Las nubes anunciaban una lluvia fina o granizo, que nunca llegó para refrescar el terroso paisaje. Las tinieblas no eran profundas en la región y el cielo daba todavía una débil claridad.
Era un día como otros, en suma, ni triste ni alegre, ni oscuro ni claro, ni extraordinario ni siquiera ordinario por completo. Pero tal vez aquella normalidad fuera unpresagio de esa ausencia de presagio, no lo sé.
Su agonía fue lenta, difícil. Su respiración se eternizó en un largo lamento, de inmensa desesperación. Sus cabellos y su barba sin color no expresaron ya el ardor de la sabiduría, dispensada en todas partes como un desvelo, como una curación. Su mirada se vació de la llama que la encendía siempre cuando, con pasión, entregaba a todos sus buenaspalabras y sus profecías, cuando anunciaba el advenimiento del nuevo mundo. Su cuerpo retorcido como un trapo, destrozado, sólo fue ya sufrimiento, contusión y abierta llaga. Los huesos sobresalían bajo la carne, macabras estrías. Su piel ajada, como un hábito desgarrado, hecho jirones, un sudario roto, era un rollo de papel desplegado y, luego, profanado, un vetusto pergamino cuyas letras de sangremerodeaban en torno a las líneas escarificadas, entre tachaduras y remordimientos, un garabato. Sus estirados miembros, perforados por las púas, maculados de manchas violáceas, parecieron derrumbarse. De sus agujereadas manos, retorcidas por el dolor, manó la sangre; del corazón brotaba una lava tibia que subía hasta la seca boca, árida de las palabras de amor que tanto le gustaba pronunciar,abatida en una muda expresión de temor y sorpresa, la postrera, justo antes del ataque. Su pecho, un cordero caído en la trampa del lobo, se levantó de un salto, como si el corazón fuera a salir tal como estaba, desnudo, deslumbrante, sacrificado.
Luego, se inmovilizó, embriagado por su propia sangre como un vino que brotara de la prensa. El horror y cualquier otra expresión abandonaron losdescompuestos rasgos de su pálido rostro, donde se dibujó ciertamente, con ojos pasmados y boca entreabierta, la inocencia. ¿Corría hacia el Espíritu? Pero el Espíritu le abandonaba, en el preciso instante en que, como última esperanza, parecía invocarlo y llamarle por su nombre. No hubo signo para él, el rabí, el maestro de los milagros, el redentor, el consolador de los pobres, el sanador de losenfermos, de los alienados y de los tullidos. Nadie podía salvarle, nadie, ni siquiera él mismo.
Le dieron un poco de agua. Enjugaron sus penas. Algunos afirmaron que un relámpago trazó en el horizonte una luminosa raya, otros pensaron haberle oído llamar a su padre con fuerte voz que resonó por largo tiempo, como si descendiera de los cielos. Inevitablemente, sucumbió.

Era ya un hombre...
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