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Capítulo 7
La séptima noche

-Estoy preocupada -dijo la madre de Robert-. No sé lo que le pasa a este chico. Antes siempre estaba en el patio o en el parque, jugando al fútbol con Albert, Charlie, Enzio y los otros. Ahora está todo el día metido en su cuarto. En vez de hacer sus deberes, ha extendido en la mesa un gran pliego de papel y pinta liebres.
-Calla -dijo Robert-. Me confundes.Tengo que concentrarme.
-Y se pasa el día murmurando números, números, números. Eso no es normal.
Hablaba para sus adentros, como si Robert no estuviera en la habitación.
-Antes nunca se interesaba por los números. Al contrario, siempre se quejaba de su profesor por los deberes de matemáticas. Sal de una vez a tomar el aire -gritó por fin.
Robert levantó la cabeza de la hoja y dijo:-Tienes razón. Si sigo contando liebres me dará dolor de cabeza.
Y Robert salió de casa. En el parque había una enorme pradera por la que no corría ni una sola liebre.
-Hola, Robert -gritó Albert al verle venir-. ¿Juegas?
También estaban Enzio, Gerardo, Iván y Karol. Estaban jugando al fútbol, pero a Robert no le apetecía. No tienen ni idea de cómo crecen los árboles, pensó.
Cuando volvió acasa, era bastante tarde. Nada más cenar, se fue a la cama. Precavido, se metió un grueso rotulador en el bolsillo del pijama.
-¿Desde cuándo te vas tan pronto a la cama? -se sorprendió su madre-. Antes siempre querías quedarte lo más posible.
Pero Robert sabía muy bien lo que quería, y sabía también por qué no le contaba nada a su madre. No le hubiera creído cuando le hubiera dicho que lasliebres, los árboles e incluso los moluscos saben contar, y que era amigo de un diablo de los números.
Apenas se había dormido cuando el anciano apareció.
-Hoy voy a enseñarte algo estupendo -dijo.
-Lo que sea, menos liebres. He pasado todo el día rompiéndome la cabeza con ellas. Siempre con-fundo las blancas y las pardas.
-¡Olvídalo! Ven conmigo.
Llevó a Robert hasta una casa blanca en formade cubos. También dentro todo estaba pintado de blanco, incluso la escalera y las puertas. Llegaron a una gran habitación desierta, blanca como la nieve.
-Aquí ni siquiera puede uno sentarse -se quejó Robert-. ¿Y qué clase de ladrillos son ésos?
Se acercó hasta el alto montón que había en la esquina y miró los ladrillos con más atención.
-Parece cristal o plástico -constató-. Grandes cubos.Dentro de ellos brilla algo. Tienen que ser filamentos eléctricos, o algo por el estilo.
-Electrónica -dijo el anciano-. Si quieres, construiremos una pirámide.
Cogió el primer par de cubos y los puso en fila en el blanco suelo.
-Ahora tú, Robert.
Siguieron construyendo hasta que la fila tuvo el siguiente aspecto:



-¡Alto! -gritó el diablo de los números-. ¿Cuán-tos cubos tenemosahora?
Robert contó.
-Diecisiete. Pero es una cifra coja -dijo.
-No tan coja como tú piensas. Sólo tienes que restarle uno.
-Dieciséis. Otra vez un número saltado. Un dos saltado cuatro veces: 24.
-Fíjate -dijo el anciano-. Te das cuenta de todo. Pero ahora sigamos construyendo. El siguiente ladrillo se pone siempre sobre la grieta entre los dos anteriores, exactamente igual a como hacenlos al--añiles.
-O. K. -dijo Robert-. Pero esto nunca llegará a ser una pirámide. Las pirámides tienen tres o cuatro esquinas en la base, y esta cosa es plana. Esto no se convertirá en una pirámide, sino en un triángulo.
-Bien -dijo el diablo de los números-. Entonces construiremos un triángulo.
Y siguieron hasta que estuvo listo.



-¡Listo! -gritó Robert.
-¿Listo? Ahora es cuandoempieza lo bueno. El diablo de los números trepó por un lado del triángulo y escribió un uno en el cubo más alto.
-Como siempre -murmuró Robert-: ¡tú y tus unos!
-¡Claro! -respondió el anciano-. Todo empieza en el uno. Ya lo sabes.
-Pero ¿cómo sigue?


«Parece cristal o plástico», constató Robert. «Grandes cubos. Dentro brilla algo. Tienen que ser filamentos eléctricos o algo por el...
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