Introducción: “Parece estar claro que la idea del amor romántico, que emerge del proceso llamado enamoramiento, es una invención. Antes de Romeo y Julieta la gente tenía relaciones sexuales por placer, así como ante la comezón te rascas o ante la sed bebes agua. La gente podía satisfacer su deseo. Era más una cuestión de ponerse de acuerdo con alguien. Las alcahuetas, como la célebre Celestina, tenían la divertida tarea de facilitar encuentros. Se requería de cierta discreción pero no existían aún las restricciones de los siglos posteriores. La moral restrictiva acompaña a la expansión del cristianismo. El panorama parece estar cambiando. Escuchando conversaciones o en entrevistas a jóvenes, en general coinciden en que ya no es tan necesario casarse o establecer un compromiso formal para tener relaciones sexuales, pero debe haber amor. En el discurso moderno el amor es requisito (o disculpa válida) para la actividad erótica. Algunos vemos en este requisito una nueva forma de moralismo, de moralina. La idea del amor romántico, simétrico, es bonita, pero tiene complicaciones.

Relaciones: "Lo primero que tenemos que señalar es que habitualmente hay una percepción distinta del término 'amor' en diferentes personas. La diversidad de significados para el mismo término lleva a que dos personas, hombres, mujeres o uno y una, pueden asumir que 'sienten eso' mutuamente, aunque para una suene a
sacrificio y devoción, o bien a pertenencia y posesión o a puro placer erótico, o compromisos de larga temporalidad. Pocas veces son sentimientos similares: aunque se declare 'sentir lo mismo', en realidad las expectativas no son simétricas; lo que cada quien espera de la pareja o de su propia persona suele ser distinto, si bien a veces hay cierta correspondencia, inequitativa: una persona se siente dueña y la otra asume ser poseída; la hizo suya, dicen, y en estos casos la persona acepta prácticas que le ponen en riesgo cuando 'ama' a la otra (en contraste, en el ámbito del trabajo sexual las prácticas de sexo sin riesgo son más frecuentes que con la pareja considerada 'estable', pues a la clientela sí se le pide condón). El no protegerse al tener relaciones con la pareja 'principal' es un tema por sí mismo y los elementos para desarrollarlo son diferentes. Falta investigar con seriedad qué es lo que lleva a ello, suponemos que el temor a insinuar infidelidades es un elemento importante, pero no parece suficiente. En esta conversación, creo, no íbamos a hablar del amor, sino de otro concepto muy diferente: el enamoramiento.

Violencia en las parejas: Están muy enamorados, cualquiera puede verlo. En la escuela y cuando salen con sus amigos, siempre buscan estar juntos. Presumen su amor. Pero si él o ella coquetea con otras personas, entonces se enojan, se insultan y pueden incluso abofetearse.
La reconciliación es lo mejor. Pellizcos en los cachetes, leves nalgadas o palmaditas en la nuca o espalda. Y las palabras de siempre: "no pasa nada. A ti es a quien quiero", y asunto arreglado. Tan recurrente es la escena que ambos se acostumbran. Con algunas variantes, así nace la violencia en el noviazgo. Si se permite, del reclamo se pasa al insulto; del insulto a los golpes; de los golpes al sometimiento y de éste a la violencia sexual.
Las conductas violentas en las relaciones de pareja no formales no son percibidas como tales ni por las víctimas ni por los agresores, pues generalmente se confunden maltrato y ofensas con amor e interés por la pareja. A partir de los 15 años y hasta antes del matrimonio, los adolescentes y jóvenes comienzan a aprender y ensayar nuevas formas de comportamiento acordes con su creciente libertad e independencia de la familia de origen, para adoptarlas en su vida futura. Georgina Zárate, sicoanalista y académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, afirma que es imposible pensar una relación amorosa sin una dosis de sentimiento hostil, porque así nos enseñaron desde la infancia: "Un buen día --explica-- nos damos cuenta que mamá, papá, o ambos, no nada más nos tratan amorosamente, sino que también nos regañan, nos pegan, nos gritan, se enojan, nos amenazan con la pérdida de su amor. Y eso se reproduce, de algún modo, en
relaciones posteriores que son, todas, ambivalentes, con sus dosis de amor y de odio."
De acuerdo con el Instituto de las Mujeres del Distrito Federal, los tipos de violencia en el noviazgo son física, verbal, psicoemocional, económica y sexual, que no son excluyentes entre sí. Las consecuencias en la persona agredida son depresión, baja autoestima, aislamiento, fracaso escolar y bajo rendimiento laboral. Pero es tan cotidiana esta violencia que no es fácil detectar su trascendencia social, y es esta invisibilidad uno de los factores que desencadenan la violencia intrafamiliar. Georgina Zárate afirma que en la adolescencia está presente un mecanismo sicológico que favorece relacionarse de manera agresiva: "Es más fácil para los chavos acercarse al otro con actitudes violentas. Si observas en una secundaria, chavas y chavos se pegan entre sí constantemente, como si fuera un juego, porque para ellos es más fácil tocarse golpeándose que tocarse amorosamente; lo que quieren es acariciarse porque andan cachondos, pero como no se atreven a reconocer sus deseos, porque eso les causa bronca, entonces la forma de hacerlo es por medio del golpe."
El maltrato a la pareja puede ocurrir en cualquier momento, desde la primera salida juntos o hasta transcurridos varios años de relación, pero su diferencia ante otros tipos de violencia es el proceso de socialización y adquisición de roles de
género en los adolescentes, mismos que determinan el dominio como comportamiento masculino y la sumisión como femenino, sumados a la idealización del "amor romántico" que todo lo puede superar y todo lo perdona, así como por el carácter informal y efímero de la relación. Y aunque tales patrones de conducta sean parecidos a los identificados en parejas formales, no es frecuente que el noviazgo presente niveles de maltrato físico similares a los del matrimonio o relaciones equivalentes; es decir, entre novios los golpes no son la manifestación ordinaria de la violencia, pero en el ámbito del "juego" son comunes, y eso lleva a que su gravedad parezca mínima.
Esta "normalización" de la violencia en los patrones de convivencia es el origen del maltrato. "El papá le pega a los hijos y les dice: 'si te pego es porque te quiero'. Y eso se introyecta, se asume y se reproduce", asegura Georgina. Zárate Por su parte, Daniel Ramírez, asistente del Proyecto de Jóvenes de APIS Fundación para la Equidad, A.C., señala que el problema tiene que ver con la educación, pues "a los hombres se nos ha dado un poder mayúsculo por encima de las mujeres, y seguramente por eso todas las relaciones están impregnadas de algún tipo de violencia." Agrega que hay actitudes que muchas veces no se identifican como violencia, pero que crean un malestar y no queda claro por qué.
Por ello, dice, la violencia se ha redimensionado para abarcar aquellas actitudes que no tienen que ver con jaloneos y golpes, pero que de todos modos causan algún tipo de daño; por ejemplo, los actos dirigidos a vigilar, perseguir, humillar y manipular al otro u otra.

Violencia en escalada
En 1998 la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio a conocer que 30 por ciento de las estudiantes universitarias han reportado algún tipo de violencia en sus relaciones de pareja, y que las agresiones verbales se convierten en agresiones físicas con el tiempo y son un elemento que predispone a la violencia familiar. En México no hay datos oficiales sobre la violencia en esta etapa de la vida, pero sí en los hogares: uno de cada tres, en el Distrito Federal, registra algún tipo de violencia, según la Encuesta sobre Violencia Intrafamiliar del INEGI.
Ana Laura Rosas, responsable del Proyecto de Juventud del Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, A.C. (Coriac) y terapeuta con ocho años de experiencia en trabajo con mujeres violadas, sostiene que en el noviazgo "pocas veces hay golpes, lo que hay son jaloneos, empujones y violencia emocional, verbal y económica. No hay golpes como ocurre en estas relaciones cinco años después, pues la violencia va en escalada". Es decir, de niveles bajos de agresión, como serían los insultos, se pasa a los golpes o a la violencia sexual. La violencia
verbal, añade, es algo normal entre jóvenes, y aunque para ellos no resulte ofensivo, facilita el avance a niveles más altos de agresión, a una diferenciación cada vez más tenue entre el respeto y la ofensa. "Estamos acercándonos al maltrato y no podemos percibirlo, pues si ya es natural y cariñoso usar palabras que antes eran una grosería, entonces ¿qué es lo que ahora nos va a ofender, si todo el tiempo nos insultamos y nos empujamos?, cuando lo hagamos enojados ¿cómo lo interpreto? Por eso ellos y ellas no saben diferenciar ni detectar cuándo ejercen o sufren violencia."
Al respecto, Georgina Zárate comenta: "lo ofensivo en las palabras es la carga afectiva con que se dicen: si te digo pendejo con mucho cariño, igual y no te ofende, pero si te lo digo con todo mi odio, entonces ya es algo que te lastima. El insulto depende más del contexto que de la expresión en sí." La violencia verbal, enfatiza la especialista, es común en las jóvenes menores de 30 años que acuden a terapia: "ellas vienen a trabajar el ser víctimas de violencia emocional, cuando no pueden desprenderse del otro porque hay connotaciones amorosas, pero hay también connotaciones violentas que de algún modo son disfrazadas de amor. Y esto es promovido por el machismo que muchas madres transmiten a sus hijas: '¡Ay, hija, aguántate! Igual y al rato se le pasa, estaba enojado, estaba borracho... bueno,
pero... ¡es qué no lo provoques!' ¡Como si fuera la responsabilidad o la culpa de la chava! La realidad es que existe una repetición de patrones, pues las situaciones de violencia en el noviazgo son una reproducción de la violencia en el hogar, aumentada por la falta de experiencia y de modelos de comportamiento no violentos." Para completar su aseveración, la sicoanalista relata que "en consulta he tenido infinidad de casos en que la chava dice que su esposo la golpea; y cuando una pregunta, ¿y por qué sigues con él? La respuesta es 'no sé' o 'pues es que lo quiero'. Bueno, claro que lo quiere porque seguramente tendrá sus partes lindas, pero parece que hay un componente que tiene que ver con porque me pega es que lo quiero."
conclusiones: Otro ámbito donde la agresividad produce estragos es el de las relaciones sexuales, con actos que van desde el coito no deseado hasta la violación. Para Georgina Zárate, "el coito tiene que ver con una penetración, con algo que irrumpe; la primera vez puede haber sangre, se desgarra el himen... estas son características que pueden ser identificadas como algo agresivo. Quizá la parte que hace que algo placentero y satisfactorio se convierta en, o tenga un componente agresivo, es cuando el otro, de algún modo, impone. Cuando uno de los dos es sometido, estamos hablando de niveles de agresión y en determinado momento, de violencia."
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