Relato

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EL SABOR DE LA IRONÍA AÑEJA


Aquél miércoles dejé la toga en el despacho y decidí visitar al abuelo. A pesar de su edad avanzada, su rostro siempre rejuvenecía cuando me veía llegar. Sus pupilasse agrandaban como las de los felinos en la oscuridad. Él decía que yo era el calco de mi padre, la imagen viva y el recuerdo del único hijo al que mi abuelo tuvo que ver partir en un viaje sinretorno. Su corazón, ajado por el tiempo y la crudeza de la vida, buscaba reconciliar un pasado y un presente en ese vacío intergeneracional.
Hacía poco tiempo que me había graduado y ya disfrutaba de unpuesto de trabajo en uno de los mejores bufetes de abogados de Madrid. El orgullo que invadía a mi abuelo lo manifestaba en el interés constante por seguir mi incipiente carrera. Ese día sus primeraspalabras fueron: “¿Sobre qué peleaste hoy, hijo?” Me hizo gracia su expresión y le respondí: “Sobre malver…, ¡déjalo abuelo, un tema complicado que no vas a entender!”. Yo era un joven reciénlicenciado, que de la mano de mi mentor, parecía comerme el mundo. Hacía mío aquel dicho popular de que quien verdaderamente conoce la ley, ostenta el poder. Esos aires de grandeza lograron imponerse sinescrúpulo incluso ante mi abuelo, al que ahora pretendía desplazar y excluir de mi vida laboral por no considerarlo al mismo nivel intelectual. Sentía un profundo cariño por mi abuelo, casi veneración, perodudaba que mi abuelo supiera qué era la malversación de fondos y no quería dejarlo en evidencia. Aunque también podía entender la curiosidad y el morbo que despertaba una profesión como la mía. Antesde que yo pudiera pronunciar palabra alguna en señal de disculpa, con su habitual sonrisa tierna y picarona, hizo ademán de cambiar de tema y preguntó: “¿Consideras proporcionada la multa impuesta alos imputados por el Caso Malaya?” Aunque la respuesta entraba dentro de mi jurisdicción, las conclusiones de mi abuelo habían disipado el espectro de mi aparente pericia. Me desconcertó su ironía...
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