Revolucion industrial

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  • Publicado : 14 de abril de 2010
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La llamada telefónica que dejó huella en la historia de la medicina sonó cuando el doctor Christiaan Barnard (imagen izquierda) tomaba una siesta en su casa de El Cabo, Sudáfrica. La persona que llamaba —una monja del hospital Groote Schuur de la ciudad— le informó que habían llevado a una joven atropellada que hhabía resultado con daños cerebrales irreparables. Si moría, su corazón se podríausar en el primer trasplante de ese órgano en el mundo; era del grupo sanguíneo adecuado y su padre estaba dispuesto a dar su consentimiento.
“Siempre rezo antes de cualquier operación”, escribiría posteriormente el doctor Barnard. "Suelo hacerlo al dirigirme hacia el hospital, porque voy solo en el auto en esos momentos. En esa ocasión sentí mas que nunca la necesidad de hacerlo, pero no pude,....mis pensamientos se interponían".
Hasta entonces solo había realizado transplantes de esa índole con perros de laboratorio. Pero ese sábado 2 de diciembre de 1967, estaba a punto de transplantar el corazón de un ser humano a otro. La donadora era Denise Darvall, de 25 años , y el receptor Louis Washkansky, comerciante de la ciudad a quien le restaban pocas semanas de vida por su avanzadaenfermedad cardiaca. Washkansky, ya había sobrevivido a varios infartos, pero antes de la operación presentaba la dificultad para respirar, insuficiencia renal, y hepática y tenia las piernas hinchadas.
Se suponía que no debía comer ni beber nada dulce debido a su diabetes, pero se las ingeniaba para que su esposa le llevara limonada y caramelos a escondidas. Parecía más interesado en leer novélas deaventuras que en pensar en la ggravedad de su enfermedad. Pero demostró valor cuando Barnard le habló de la posibilidad de salvarle la vida. “Eso me han dicho", le confió, "‘Así que estoy dispuesto a jugármela".
Por extraña coincidencia, cuando la esposa de Washkansky, volvía ya tarde a casa en su auto, tras visitar a su marido en el hospital, vio una muchedumbre congregada donde había ocurrido elaccidente de transito. Mientras la policía le hacia señas de que siguiera su camino, se fijo en que una de las victimas del percance era una joven mujer que estaba tendida en el suelo. Más tarde se enteraría de que esa desafortunada chica era Denise Darvall. (imagen izquierda)
Hacia las 21 :00 horas de esa noche el doctor Barnard examinó el cuerpo de la señorita Darvall: desde el punto de’vistaclínico había muerto, pero su corazón seguía estando sano y firme.
Barnard no perdió tiempo. Un ordenanza empezó a afeitar el pecho de Washkansky mientras una enfermera preparaba la máquina cardiopulmonar del hospital, que el propio Barnard había importado de Estados Unidos al concluir su especialización en trasplantes en la Universidad de Minnesota.
Se bañó, se frotó las manos y los brazos conjabón antiséptico, se puso ungüento germicida en las fosas nasales y se enfundó una bata desinfectada, con un gorro y mascarilla, además de las botas de hule esterilizadas. Al entrar al quirófano vio a Washkansky sentado en la toesa de operaciones, sostenido por varios cojines. Aunque apenas tenía aliento para hablar, Washkansky bromeó: Conque el viejo va para afuera y el nuevo adentro! ¿No?”
Pocodespués el paciente ya estaba anestesiado, y a la medianoche se inició la histórica operación. Bajo la hábil direccion de Barnard, su jefe de ayudantes, Rodney Hewitson, abrió el tórax de Washkansky.
“El corazón del enfermo quedó a plena vista”, escribió el doctor Barnard más tarde, agitándose como un mar embravecido, amarillo por medio siglo de tormentas, pero aún veteado por las azules corrientesde sus profundidades.”
Entretanto, en otro quirófano contiguo Denise Darvall se conservaba "viva" gracias a un respirador. Barnard entró corriendo y apagó la máquina; sus dedos ya mostraban señales de artritis, que pondría prematuro fin a su carrera de cirujano, pero en breve tiempo abrió el tórax de Denise y extrajo el corazón. Le colocó en un recipiente lleno de una solución salina helada...
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