Rosario castellanos los convidados de agosto

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Rosario Castellanos LOS CONVIDADOS DE AGOSTO

Blanca me era yo cuando fui a la siega; dióme el sol y ya soy morena. Lope de Vega

El rompimiento fue aquella madrugada mucho más ruidoso de lo que ninguno de los presentes era capaz de recordar. Las cámaras estallaban, los cohetes ascendían con su estela de pólvora ardiendo o zigzagueaban amenazadoramente entre los pies de la multitud. Lasmatracas, los silbatos de agua eran propiedad exclusiva de los niños, quienes se desquitaban—promoviendo todo el alboroto posible—de las prohibiciones cotidianas. Las marimbas de los distintos barrios (renombradas y anónimas) desgranaban al unísono lo mejor de su repertorio: algunos sones tradicionales, el vals o la danza imprescindible y las melodías de moda, inidentificables en su adaptación a uninstrumento no propicio y a una interpretación heterodoxa. Cada una trataba de anular el sonido de las demás, pero como no era posible por la opacidad acústica de la madera, la exasperación se convertía en un aceleramiento del ritmo, en un vértigo de velocidad que inundaba de sudor la frente, las axilas, los omoplatos de los ejecutantes, dibujando caprichosas manchas sobre sus camisas flojas desedalina. La gente reía; los hombres con sabrosura, sin disimulo; los mujeres a medias, ocultando los labios bajo el fichú de lana o el chal de tul o el rebozo de algodón, según si eran señoras respetables, solteras de buena familia o artesanas, placeras y criadas. El gran portón de la iglesia estaba abierto de par en par. Así resaltaba mejor la reja de papel de china que las manos diligentes de losafiliados a las congregaciones, habían labrado durante la semana anterior. Filigranas inverosímiles por su fragilidad se sostenían gracias a oportunos pegotes de cera cantul. Cada figura era un símbolo: iniciales religiosas, dibujos de ornamentos litúrgicos, representaciones sagradas. Alrededor una leyenda lo abarcaba todo "¡Viva Santo Domingo de Guzmán, patrón del pueblo!" El pueblo seimpacientaba. ¿Por qué tardan tanto los sacerdotes para revestirse? Los que iban a comulgar habían comenzado a sentir un ligero vahído de hambre y miraban con codicia los termos llenos de chocolate que arrullaban las ancianas, experimentadas en estos trances. Por fin la campana mayor sonó; un sonido grave, único, propio de su tamaño y de su carácter solemne. Era como una orden para que las otras sedesencadenaran: ágiles, traviesas, llamando a la complicidad a los templos de los otros rumbos: primero fue San Sebastián, orgulloso de su prontitud. Después Guadalupe, inaudible casi de tan lejano. La Cruz Grande, como avergonzada de su insignificancia. La iglesia de Jesús, céntrica, pero debido a alguna causa oculta, sin párroco y sin asistentes que la

frecuentasen. San José, colmada de los donativosde las mejores familias. San Caralampio, que siempre quería sobrepujar a todos en esplendidez y que al aviso respondía con la puesta en movimiento de una peregrinación en la que cada uno llevaba el cirio de más peso, la palma de más tamaño, el manojo de flores de mayor opulencia Y por último, el Calvario, que no sabía doblar más que a difuntos. Fue la campanada fúnebre, tan familiar, la querompió el delgado hilo de somnolencia al que aún se asía Emelina. Desde el principio de la algazara sintió amenazados sus ensueños y se aferró a ellos apretando los párpados, respirando con amplitud pausada. Sus labios balbucieron una palabra cariñosa: —Cutushito . . . mientras estrechaba entre sus brazos, con el abandono que sólo da la costumbre, su propia almohada. Las imágenes que cruzaban la mentede Emelina eran confusas. Se veía en San Cristóbal, en el sórdido cuarto de hotel donde en alguna ocasión se había alojado con su hermana, en el viaje memorable (por único) que ambas emprendieron a la ciudad vecina. Recordaba los pisos de madera, rechinantes y no muy seguros; las camas de latón (con el centro hundido por el peso de los sucesivos huéspedes) cuyas cobijas y sábanas examinó Ester...
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